Sombras en el cuarto de alquiler: El réquiem de Hilary

  • domingo 22 de febrero de 2026 - 12:00 AM

La noche del miércoles 19 de octubre de 2021, el sector de María Enrique no dormía. El aire en Alcalde Díaz estaba cargado de una humedad pesada, de esa que se pega a la piel y dificulta el aliento.

Hilary Maybeth Quintero Flores, una joven de apenas 21 años con la frescura de su natal El Calabazal de Ocú aún en la mirada, caminaba hacia el que había sido su hogar con un solo objetivo: recuperar su libertad en forma de pertenencias.

Hacía apenas una semana que había logrado romper las cadenas de una relación marcada por las tormentas de celos y las discusiones que hacían temblar las paredes del cuarto de alquiler. Pero el pasado tiene garras largas, y esa noche, el pasado la estaba esperando tras la puerta.

El umbral del horror

Cuando Hilary cruzó el umbral, el ambiente cambió. No hubo reproches a gritos, al menos no al principio. El hombre que alguna vez le juró protección la observaba desde la penumbra, con los ojos inyectados en una ira que ya no era humana, sino animal.

El sonido del cerrojo al girar fue la sentencia de muerte.

Encerrada en aquel pequeño espacio, Hilary comprendió que no saldría caminando. El agresor, poseído por la idea de que si ella no era suya no sería de nadie, descargó su furia con un arma blanca. Los golpes no eran al azar; eran ataques frenéticos dirigidos al pecho, al abdomen, al cuello... a cada rincón de esa belleza que él consideraba de su propiedad.

El testigo de cristal

Lo más macabro de aquella escena no fue solo la sangre que comenzó a encharcar el piso de cemento, sino el silencio que imperaba en un rincón de la habitación. Allí, con los ojos fijos y el alma fragmentada, estaba su hijo de cuatro años.

El pequeño fue el espectador involuntario del calvario de su madre. Escuchó el jadeo de la lucha, el metal chocando contra la vida y, finalmente, el silencio de Hilary cuando sus fuerzas se agotaron.

Mientras los vecinos en la vía principal escuchaban los gritos desesperados pidiendo un auxilio que llegó demasiado tarde, el niño veía cómo el hombre que debía ser su héroe se convertía en el verdugo de su refugio.

El intento de huida cobarde

Tras dejar a Hilary moribunda, el agresor intentó el último acto de teatro: el suicidio fallido. Con la misma mano que le arrebató la vida a la madre de su hijo, se infligió heridas en el cuello. No era un acto de arrepentimiento, sino de cobardía; un intento desesperado por evitar la “jaula” de hierro que sabía que le esperaba.

Mientras Hilary era trasladada de urgencia al Hospital San Miguel Arcángel, donde los médicos lucharon en vano contra la profundidad de las heridas en su anatomía, el atacante era llevado al Santo Tomás. Ella entró a la morgue; él, a una celda hospitalaria bajo custodia policial.

Un eco de sangre en Panamá

La tragedia de Hilary no fue un hecho aislado en ese oscuro 2021. Se sumó a la macabra lista donde figuraba Elizabeth Lucila Guillén, la joven nicaragüense cuyo cuerpo fue hallado en una letrina en Chepo apenas semanas antes.

El legado del dolor

Hoy, en las redes sociales y en las calles de San Miguelito, aún resuena el comentario de aquella mujer que, tras el crimen, lanzó una advertencia al viento: “Hombre que pega y maltrata no ama a nadie... te ve como un objeto”.

Hilary Maybeth Quintero Flores regresó por su ropa, pero dejó su vida en aquel cuarto de alquiler. Su historia permanece como un grito silencioso en el sector de María Enrique, recordándonos que el peligro más grande, a veces, duerme en la habitación de al lado.