- domingo 24 de julio de 2011 - 12:00 AM
Therapeia
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Agrega El Siglo en Google ↗️La prensa amarillista, los paparazzi y demás entidades del chisme nos dan la impresión de que las ‘personas públicas’ están allí para nuestro entretenimiento y que podemos juzgarlas. Lo más horrendo de la situación es la altanería con la que los criticamos, compadeciéndonos de ellos sin tener la mínima idea sobre su realidad o cómo nosotros mismos reaccionaríamos a ella. Pagamos por revistas que hacen y deshacen lo que quieran de la vida de las ‘celebridades’. Mientras más desgracia haya en la portada, más venta tiene. Nadie paga por una revista que hable sobre vidas positivas y pacíficas, ¿morboso, cierto? Pero es la verdad. No queremos saber que les está yendo bien, sino que queremos ver su caída desde la gracia; queremos tener el placer de saber que somos ‘mejores’. ¿Cuán mejores somos en verdad? Al menos, las figuras públicas, en medio de todo el caos, han desarrollado la empatía, en cambio nosotros crecemos en la arrogancia. Honestamente, díganme, ¿cuánta arrogancia tiene que haber en nosotros para que nos sintamos con el derecho innato de opinar y juzgar a los demás? El ejemplo más obvio son las celebridades, pero ciertamente, ellas no son las únicas que sufren del ser juzgados. De hecho, todos sufrimos de lo mismo.
‘Nadie puede censurar o condenar a otro, porque nadie conoce perfectamente al otro’, escribió el inglés Thomas Browne. Creo que si él hubiese sabido que de su país saldría Susan Boyle, le hubiera dado un ataque al corazón, pues ella es el perfecto ejemplo de esa frase. Susan Boyle se presentó en las audiciones de un programa de canto y a primera vista, nadie la tomó en serio. Vieja, fea, boba y descuidada era lo que aparentaba, por lo que nadie esperaba nada de ella. Inconsciente de cómo estaba siendo juzgada por la audiencia, Boyle calló al mundo con su talento y más tarde con su historia. Ella había abandonado su vida y sueños por ayudar a su madre moribunda. Había puesto su vida en pausa años atrás y en ese momento, desconocidos la criticaban cruelmente por lo que veían sin saber qué lo había causado.
Quién está libre de pecados, que tire la primera piedra, dicen por allí y es así. No somos nadie para entrometernos en la vida de los demás, ni podemos pretender que somos los sabelotodo al opinar sobre lo que realmente no sabemos. Nada es obvio en este mundo, todo requiere experiencia y sabiduría. Mejorémonos a nosotros mismos antes de ir hacia los demás y más que nada, intentemos ponernos en los zapatos de los demás.
LA AUTORA ES RECIÉN EGRESADA DE LA ESCUELA CROSSROAD CHRISTIAN ACADEMY