Los carnavales de Panamá: tradición y posmodernidad en contraste Parte III
- domingo 22 de febrero de 2026 - 12:00 AM
Los carnavales constituyen una de las celebraciones más arraigadas en la tradición panameña. Más que una fiesta popular, representan un espacio de encuentro donde convergen la memoria histórica, la identidad cultural y las expresiones más auténticas del folclore nacional, donde suele apreciarse con mayor nitidez la unidad de nuestras tradiciones, que se preserva con especial fuerza en las cabeceras de provincia y en las áreas rurales. Allí, el canto, los mitos, los bailes y el sonido de los tambores acompañan el suave discurrir de los ríos y el silbido del viento entre los árboles. Por los caminos de tierra y piedra avanzan los cantores y las mujeres engalanadas con sus polleras, mientras los abuelos transmiten, mediante la tradición oral, las enseñanzas heredadas de sus mayores. Así, los campesinos que cruzan senderos y empinadas montañas mantienen vivo el recuerdo de compositores y de quienes ya han partido, reafirmando el vínculo profundo entre pasado y presente.
No obstante, esta riqueza cultural, fruto de la esencia panameña, enfrenta hoy una transformación significativa, en especial los carnavales de Panamá donde se evidencia el influjo de la subcultura de la posmodernidad, entendida como una manifestación de progreso y apertura global, pero también como una fuerza que puede debilitar la lírica popular y diluir nuestras raíces identitarias. Las expresiones autóctonas ceden terreno ante espectáculos comerciales, ritmos foráneos y dinámicas mediáticas que, en muchos casos, desplazan el espíritu comunitario y simbólico que dio origen a la festividad. En este proceso se percibe una paulatina pérdida de valores tradicionales. El respeto por las costumbres, la sobriedad en las manifestaciones públicas, la centralidad de la familia y el sentido de pertenencia comunitaria se ven sustituidos por dinámicas marcadas por el consumismo, la competencia por el espectáculo y la búsqueda de notoriedad mediática. La celebración, que en otro tiempo fortalecía los lazos solidarios y reafirmaba la identidad cultural, tiende ahora a fragmentarse en eventos masivos donde predomina lo efímero sobre lo trascendente.
Asimismo, la transmisión intergeneracional de saberes —fundamento esencial de nuestra tradición— se debilita cuando los jóvenes encuentran mayor identificación con modelos culturales externos que con las expresiones propias de su tierra. La música típica, las décimas, las danzas tradicionales y los relatos orales compiten con ritmos globalizados y formas de entretenimiento que, si bien enriquecen el panorama cultural, también pueden desplazar lo autóctono hacía un segundo plano.
La preocupación no radica en rechazar la modernidad, sino en advertir el riesgo de una celebración desvinculada de sus raíces. El desafío consiste en armonizar tradición y contemporaneidad, de modo que el progreso no implique el abandono de los valores que han dado sentido histórico y espiritual a los carnavales panameños. Solo así será posible reservar la esencia cultural que nos define como nación y garantizar que la fiesta continúe siendo expresión auténtica de nuestra identidad colectiva.
La tradición autóctona ha sido ejecuta con brutalidad y todos callan con prejuicio visceral acomodados a la moda desafiante. Las comparsas que hicieron temblar la avenida central hasta catedral han sido eliminadas con rimas de regatón vulgar. Los cantos al sonido de cascabeles gritaban todos PESCAO, cantos insertos en la epidermis de los panameños. Los bailes de negros en Santa Ana y los tiros de añil, harina, serpentinas y confetis quedan aturdidos y borrosos en la gente mayor. Andreve escribió lo siguiente: “por las noches se formaban tunas. ...los bailes se despedían, de media noche para el día, comparsas de mujeres vestidas con las clásicas pollera y hombres con vestidos variados que al son de palmadas, o de sonsonetes ocasionados con piedras, o palos, cantaban ciertos aires de ocasión.” (Revista Lotería. marzo 1949)
Existía un apego emocional a las tonadas en las Carrozas y su reina adornadas de variados colores y no podía faltar Domitila y Tiburcio vestidos de trajes típico. Esos muñecos de casi cinco metros de alto se paseaban por la central. La pollera y el montuno piezas claves de la celebración estaba presente, niños, adultos y señores mayores estrenaban su traje de gala. En ese afán de diversión las diferentes clases gozaban al son del típico con toques de tambor. Con diferencias en el interior se llevaban a cabo los Carnavales en ligazón íntima y armoniosa con la pobreza del campesino. Con los recuerdos y su mitología panameña recogida por los esposos Zárate. Entre las más conocidas la Tulivieja y la Tepesa que hacía helar el cuerpo de los niños.
¿Qué nos queda en la ciudad capital del Carnaval? Nada el modernismo mató la cultura tradicional. O como diría Fernando Correa la Tarima acabo con la tradición. Y más la vulgaridad fue coronada en estos Carnavales. En las tarimas donde antes danzaba las mujeres empolleradas aparecieron bailes con mujeres compitiendo quien movía más el trasero. Concluyo que el folclor: “Dejo de cantar el ave, emprendió su raudo vuelo y se remontó hasta el cielo.”