Panamá está degradando, en forma acelerada, en todo ámbito de la vida ciudadana.
Esta semana que termina, nos ha traído las corruptelas en la UNACHI, por un lado y en el tema minero, por otro lado.
En la UNACHI la rectora renunció, pero ahora no renuncia. Cualquier parecido con la renuncia irrevocable del hoy presidente, en 2012, al ministerio que ocupaba en el gobierno, pero 5 días después no renunció, es bajuna coincidencia.
Cuando actores de esos niveles no son consistentes en sus decisiones evidencia baja autoestima en ellos.
Algo parecido sucede con el tema de la mina, que hoy debe presentarse informe final de una “auditoria integral” planteada por el gobierno, que determinará qué hacer con ella, aunque la mina quedó sin sustento legal para operar, por el fallo de inconstitucionalidad del 2023.
Pero esto es Panamá, donde los actores políticos en el poder no temen hacer el ridículo.
La rectora se escuda en que el Consejo General Universitario le recomendó no renunciar. Esto recuerda tiempos en que el dictador Noriega parecía abandonar el poder pero reculaba por la tesis de que sus cómplices del poder lo increpaban a que no renunciara. La conclusión era que si él abandonaba, ellos caían por ser parte de la Empresa Criminal Conjunta que era la dictadura. Con la renuncia en la UNACHI parece que, tras seguidilla de escándalos, los compinches de la rectora están igual que aquellos cómplices de Noriega, que si ella cae, ellos caen.
Aquí entra el título de este escrito: “no hay mal que por bien no venga”, dice el refrán. O podría ser: lo bueno de esto es lo malo que se está poniendo.
Hoy en Panamá no se vislumbra alguna alternativa política potable a la degradación acelerada que vivimos como Estado. Si no ocurre un mal, un caos, no se producirá la obligatoriedad de que, los no comprometidos con el caos, se unan para rescatar este escenario político degradado, donde ellos y sus descendientes deben vivir.
Luego: no hay mal que por bien no venga. Llega la hora...
Odontólogo