• jueves 03 de abril de 2025 - 12:00 AM

¿Presidente de quién?

Érase una vez un país pequeño, con corazón de gigante, que un día eligió a un nuevo presidente. Lo hizo con esperanza, con voto en mano y la ilusión, casi ingenua, de que esta vez las cosas serían distintas. Que el nuevo mandatario sería un servidor del pueblo y no un administrador de cuentas pendientes.

Pero bastaron unos meses para que el telón se alzara y revelara el verdadero escenario. Allí estaba él, vestido de terciopelo político, rodeado de banqueros, constructores, importadores y figuras de cuello blanco. No parecía un presidente, sino más bien un gerente de zona del capital criollo, presto a rendir informes semanales a sus socios de siempre.

El pueblo miraba desde la grada. No entendía cómo, en medio de tanta promesa de austeridad, se movían con tanta rapidez los cheques hacia empresas amigas. Mientras las escuelas seguían con techos rotos y los hospitales con estantes vacíos, el gobernante se desvivía en pagarle a quienes menos lo necesitan... pero más lo acompañaron.

Sus palabras, dulces para los gremios, se volvían agrias para los trabajadores. Defendía a sus “afectados” empresarios como si fueran niños perdidos, víctimas de una sociedad que no los comprende. “Son atacados por lucha de clases,” decía con voz compungida, como si los ejecutivos vivieran en constante persecución. Como si no fueran ellos quienes han moldeado, por décadas, el rostro desigual de este país.

El presidente era, sin duda, un personaje particular: con corazón de empresario y alma de contable, sus decisiones estaban marcadas por un temor ancestral, el más profundo de todos: el miedo a perder la visa gringa. Porque en su mundo, perder el acceso a Miami era como perder el aire. Y ni hablar de cuestionar el dólar. Solo pronunciar la palabra “desdolarización” le provocaba escalofríos. Así, se volvió dócil, prudente, obediente.

Por eso, cuando el presidente de Estados Unidos insinuó que entregar el Canal fue un error, el mandatario panameño optó por el silencio reverente. Ni una frase de soberanía, ni una pizca de dignidad. Solo una sonrisa contenida y un cambio de tema. Porque en su relato, lo importante no era defender a Panamá, sino no incomodar a quienes, desde el norte, vigilan con lupa sus movimientos.

Los días pasaban. Y mientras el presidente abrazaba a los gremios, el pueblo acumulaba decepción. La historia parecía repetirse: gobernar para unos pocos, excluir a muchos, blindar privilegios y disfrazar con discursos lo que a todas luces es favoritismo institucionalizado.

Pero toda historia deja abierta una posibilidad: la de cambiar el final. Aún hay tiempo de corregir el rumbo, de mirar al país completo y no solo al selecto grupo que asiste a cocteles y almuerzos ejecutivos. Aún se puede volver a gobernar con la balanza en la mano y el oído en la calle.