En una sociedad tan fraccionada como la nuestra, en la que los últimos gobiernos, si bien están revestidos de legalidad electoral, pero, por los minoritarios porcentajes de votos con los que fueron ungidos, carecen de representatividad democrática, sus personeros, comenzando por el presidente debieran ser conscientes de que, “para bien gobernar”, es imprescindible el talante dialogante. No en una, sino en varias de las ocasiones en que las cosas no le han resultado en los términos calculados, las reacciones, tanto suyas, como de otros funcionarios de nivel ministerial han sido, aparte de epidérmicas, innecesariamente confrontativas.
Que, por ese rumbo, en lugar de sumar cada día se resta más, es tan evidente como lo han venido comprobando las sucesivas encuestas. Tal vez, ningún gobierno precedente ha merecido, y justificadamente, niveles tan bajos de desaprobación. Lo grave de esa situación que retrata gráficamente la creciente insatisfacción popular es que los causantes o provocadores parecen no entender que, aparte de seguir incrementado el repudio ciudadano, paralelamente están cerrando las puertas para el diálogo constructivo, pero, sobre todo, que están precipitando al país a una vorágine de impredecibles consecuencias.
Tomemos el caso más reciente, el proyecto sobre el eventual uso obligatorio de etanol como agregado a los combustibles para los autos. Asumamos, “en gracia de discusión”, que el presidente y su gabinete, al proponerlo tienen las mejores intenciones y que sus futuros beneficios serían todos los que estos pregonan. Si para ellos son tan reales, cuantificables y demostrables, ante los cuestionamientos que les disputan esas bondades y los señalamientos de que, detrás, existen “intereses secundarios” y “afanes de lucros personales”, la reacción no debe ser “satanizar” a los opositores, sino explicar, una y cuantas veces sea necesario, pero principalmente convencer con argumentos que superen las críticas. Acusar a los opositores de ser los culpables de que miles de desempleados no puedan acceder los futuros empleos que se crearían y de otras calamidades económicas es, a todas luces, contraproducente. Por esa vía no se cimenta el camino para el diálogo y los entendimientos. Por esa vía se cierran las puertas que deben mantener abiertas quienes pidieron que se les diera el mandato para gobernar.
Por esa vía no se cimenta el camino para el diálogo y los entendimientos. Por esa vía se cierran las puertas que deben mantener abiertas quienes pidieron que se les diera el mandato para gobernar.