En pocos meses cumplirá 55 años de desaparecido Héctor Gallego, cada una de las 24 horas de todos esos días, significa un abuso criminal por parte del Estado panameño y un desprecio absoluto de los Derechos Humanos practicado por todos los gobiernos desde el 9 de junio de 1971.
Héctor Gallego no desapareció, fue aprehendido por servidores públicos que, como ya ha sido comprobado, obraron bajo la determinación y complicidad de sus superiores.
Héctor Gallego no fue llevado ante una autoridad judicial, fue privado de su libertad, golpeado, torturado y recluido.
Héctor Gallego no fue visto en público luego de su desaparición forzada. Se le ocultó, se le mantuvo escondido, estando vivo para luego mantenerlo oculto ya muerto.
Héctor Gallego fue víctima también de la negativa de las autoridades de reconocer su aprehensión, su reclusión, su muerte. Ocultaron su cadáver con el fin de evitar su hallazgo e identificación. Y aún se niegan a decir dónde fue enterrado.
La desaparición forzada de Héctor Gallego es un típico crimen de Estado. Fue un hecho con el cual se buscaba poder ejecutar y ocultar otros delitos y, al mismo tiempo, asegurar la impunidad para sus autores. ¡Cosa que han logrado hasta 55años después!
En el caso de Héctor Gallego, quien es el que mejor ilustra las desapariciones forzosas practicadas por el Estado panameño durante la época dictatorial, se refleja el comportamiento delictivo del Estado que no ha querido respetar y hacer respetar los Derechos Humanos, ni tampoco ha tomado las medidas eficaces necesarias para luchar contra y para evitar la impunidad.
La desaparición forzada de Héctor Gallego constituye un ejemplo viviente de la técnica de terror que se instauró y practicó por las autoridades de entonces, que violaba y viola, entre otros los Derechos Humanos a la vida, a la integridad física, a la libertad individual, a la seguridad personal y al régimen humanitario de detención.
Detrás de la desaparición forzada de Héctor Gallego y de los desaparecidos, está el terror estatal que imperó y que aún se respira por los nefastos efectos de la impunidad.