• lunes 04 de mayo de 2026 - 12:00 AM

El reto de la comunicación

En plena era de las redes sociales, vivimos una paradoja inquietante: creemos estar más informados que nunca, cuando en muchos casos ocurre exactamente lo contrario. La adicción a plataformas como Instagram hace que numerosas personas asuman que lo saben todo porque siguen a muchas cuentas, personas o negocios, cuando en realidad suelen enterarse solo de aquello que coincide con sus intereses inmediatos.

Una reciente encuesta del Centro Internacional de Estudios Políticos y Sociales (CIEPS) sobre ciudadanía y derechos reveló que el 72% de la población panameña accede a las noticias a través de la televisión. El dato resulta revelador: pese al auge digital, los medios tradicionales siguen teniendo un peso decisivo en la formación informativa de la ciudadanía.

Esto obliga a comprender que, para convocar eficazmente a cualquier actividad —foro, conferencia, presentación, espectáculo o incluso una celebración— no basta con depender de una sola plataforma. La comunicación efectiva requiere una combinación estratégica de redes sociales, prensa, radio, televisión, mensajes directos por WhatsApp o correo electrónico, y, si se trata de un evento de mayor trascendencia, presencia en noticieros televisivos o radiofónicos.

Las redes sociales tienen un poder inmenso, pero también sus limitaciones. Umberto Eco advirtió hace ya una década: “Las redes sociales le dan el derecho de hablar a legiones de idiotas...”. Su frase, polémica pero provocadora, apuntaba a un fenómeno que entonces apenas comenzaba y que hoy se ha multiplicado exponencialmente: la democratización absoluta de la opinión, donde la inmediatez muchas veces desplaza al conocimiento, y la viralidad suplanta al criterio.

Es cierto que muchas personas hoy se enteran de acontecimientos recientes gracias a cuentas de noticias —o pseudo noticias—, pero estar verdaderamente informado exige mucho más que consumir titulares o algoritmos diseñados para reforzar preferencias personales. Informarse implica contrastar fuentes, consultar distintos medios y abrirse a perspectivas diversas.

Tomemos un ejemplo sencillo: quien quiera conocer la oferta cultural o de entretenimiento —teatro, cine, conciertos o exposiciones— probablemente necesite seguir cuentas específicas, consultar aplicaciones, revisar agendas y verificar horarios. Lo mismo ocurre con la realidad política, económica o internacional: depender de una sola fuente reduce el panorama.

Las redes también han servido como vía de entretenimiento para millones de personas, especialmente para quienes no tienen el hábito de leer. Han acercado información, humor, tendencias y conexiones humanas de manera inmediata. Pero como todo instrumento poderoso, requieren equilibrio.

Porque vivir plenamente informado no consiste solo en deslizar una pantalla: también implica leer libros que enseñen y hagan soñar; conversar cara a cara, no únicamente chatear; desarrollar pensamiento crítico; y asomarse a realidades que muchas veces las redes distorsionan, simplifican o esconden.

En tiempos de hiperconectividad, el verdadero desafío no es tener más información, sino aprender a distinguir entre información, distracción y manipulación.