• martes 14 de abril de 2026 - 12:00 AM

El color de Panamá es verde

Conversando con un caballero, me mostró un video de un bellísimo árbol. Le pedí que me hablara de él, y así conocí la historia de Jorge Matsufuji, de origen japonés, quien, tras haber sido cocinero y dueño de su restaurante en Panamá, se dedicó a regalar semillas y plantones de guayacán. Su propósito era llenar hogares, ciudades y campos de árboles, pero también sembrar esperanza a través de la educación ambiental.

Mientras construía un puente cultural desde la cocina, sembraba otro tipo de raíces: las de árboles que hoy dan sombra, alivio y alegría. Aquel caballero me contó que años atrás recibió uno de esos plantones. Detrás del gesto había una filosofía: los árboles perduran cuando las personas los sienten propios. Cuidarlo fue un acto de fe y paciencia. El guayacán no crece rápido; exige tiempo, agua en los veranos duros y protección frente a la mala hierba.

Aprendió sus ciclos: la época seca, cuando parece morir, y la transformación posterior. Un día, el milagro ocurrió: el árbol floreció hasta cubrir el suelo con una alfombra amarilla, como una antorcha viva en el patio.

Hace poco recibió un video: el árbol, ya en etapa de semillas, dejaba que el viento las dispersara por la comunidad. Así entendió que su historia continuaba.

¿Cuántos de nosotros admiramos esos árboles floreados en Panamá? Matsufuji apostó por el tiempo largo en un mundo apresurado, y ganó.

Hoy el guayacán es más que un árbol: es identidad, memoria y un recordatorio de que cuidar la naturaleza es cuidarnos a nosotros mismos.