• lunes 20 de abril de 2026 - 12:00 AM

Día Internacional del Libro

Esta semana, concretamente el jueves 23, se celebra a nivel mundial el Día Internacional del Libro y, dos días después, el Día del Escritor Panameño, en homenaje al natalicio de Rogelio Sinán, nuestro autor más emblemático.

La fecha del 23 de abril no es casual: fue establecida por la UNESCO en 1995 para rendir tributo a la literatura, al coincidir con la muerte de Miguel de Cervantes, William Shakespeare y el Inca Garcilaso de la Vega. Tres nombres que bastarían, por sí solos, para justificar cualquier conmemoración seria.

El propósito es claro: fomentar la lectura, sostener la industria editorial y proteger los derechos de autor. Pero entre el propósito y la realidad media una distancia cada vez más incómoda.

Se regalan libros y rosas. Se organizan lecturas públicas, maratones literarias y descuentos en librerías. Se multiplican los actos culturales. Todo eso está bien. Todo eso es necesario. Pero también es insuficiente si se limita a la ceremonia y no trasciende al hábito.

Ese mismo 23 de abril se inauguran dos grandes ferias internacionales: la de Bogotá y la de Buenos Aires. La primera, con 38 años de trayectoria, tendrá a India como invitado y contará con presencia panameña en el marco del Bicentenario del Congreso Anfictiónico. La segunda, que celebra 50 años, destaca a Perú y rendirá homenaje a Mario Vargas Llosa, al cumplirse un año de su muerte. Dos escenarios donde el libro sigue siendo protagonista.

Panamá, por su parte, celebrará su Feria Internacional del Libro a finales de agosto. Desde 2001, se ha consolidado como la principal cita cultural del país. Es, sin duda, un logro. Pero no basta con llenar pabellones unos días al año si el resto del tiempo el libro permanece ausente de la vida cotidiana.

Porque esa es la contradicción de fondo: celebramos el libro mientras lo desplazamos. Lo exaltamos en discursos y lo ignoramos en la práctica.

Vivimos en la era del olvido. El pasado incomoda, estorba, contradice narrativas convenientes. Y, como todo lo que incomoda, se simplifica, se distorsiona o se borra. En ese contexto, el libro deja de ser un objeto cultural para convertirse en un obstáculo.

Por eso sigue siendo imprescindible. Porque el libro no se adapta al capricho inmediato ni a la versión conveniente. Porque fija lo ocurrido y obliga a enfrentarlo. Y porque, en un tiempo donde todo parece negociable, es de las pocas cosas que todavía resisten la tentación de ser re escritas.