[Cuento] Larga espera

  • domingo 19 de julio de 2026 - 12:00 AM

Encuentra más de nuestra cobertura en los resultados de búsqueda.

Agrega El Siglo en Google ↗️

Podría decirse que soy un felino afortunado. Coco, Coquito, Coquis, me llaman. Soy adoptado. Mi nueva familia y yo hemos desarrollado una chispa extraordinaria que me hace ronronear de puro placer. Me rescataron cuando mi madre me dejó olvidado en el techo del vecino. La esperé pacientemente mientras mudaba a cada uno de mis hermanos. Contaba los días, imaginaba sus lamidos, pero el tiempo pasaba y mis tripas se retorcían. Un día me tragué mi pena, salí a explorar el barrio y me encontré un hogar.

Eso fue estupendo, lo sé, pero a medida que crecía supe que debía defenderme. En el barrio vivía Payo, un gato buscapleitos. Una tarde nos enfrentamos. La razón era Zulmys, una adorable gatita azabache a la que Payo fastidiaba y yo intentaba conquistar.

Acorralado entre la pared y la lavadora descascarillada de una casa abandonada, los colmillos filosos de Payo atravesaron mi cuello y sus garras mis patas. Estaba perdiendo la batalla y también el aliento, cuando una humarada nos aterrizó a la realidad: había un siniestro. El aire se volvió denso, los matorrales chasqueaban y el fuego se aproximaba a nosotros.

Payo huyó, pero yo me quedé inmóvil, con el pecho oprimido y la boca abierta, intentando atrapar un soplo de aire. En ese momento pensé en mamá. Me preguntaba si las madres podían oler el peligro de sus hijos. Cuando al fin reaccioné, empecé a buscar la salida, pero me chocaba con las paredes del caserón.

―¡Coco, Coco! ―Eran dos voces, eran tres. Era mi familia humana la que me llamaba con urgencia.

―Miau ―alcancé a maullir―Miau― repetí.

Un rostro familiar se asomó por la ventana. Por un instante perdí la conciencia. Al despertar estaba en una clínica que también era una tienda de mascotas. Llevaba una máscara por la que absorbía aire fresco, mientras varios rostros atentos me observaban.

Cuando al fin nos disponíamos a volver a casa, la vi. En principio, creí que se trataba de un efecto alucinógeno de los medicamentos, pero no. En una esquina de la tienda estaba mi madre dentro de una angosta jaula. Como un resorte, salté de los brazos de mi mamá humana y me acerqué a ella. Trataron de agarrarme, pero me puse tieso como un tronco robusto de cientos de años.

«Adoptaron a sus hijos, pero nadie la quiso, porque ya es grande», dijo una rescatista de gatos.

Mi madre humana sonrió al verme a su lado. No me preguntes cómo, pero lo supo al instante.

«Pues esta señora se irá hoy con nosotros», dijo, con determinación, mi progenitora. Mi larga espera había terminado.