Vigencia de la Diplomacia Bolivariana frente al Neomonroísmo
- domingo 19 de julio de 2026 - 12:00 AM
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La figura de Simón Bolívar suele asociarse, exclusivamente, a las batallas a caballo y a la espada que rompió las cadenas del Imperio español. Sin embargo, reducir al Libertador a su faceta de estratega de guerra es obviar la mitad de su genialidad. Bolívar fue, ante todo, un pensador político y un hábil diplomático que entendió que la fuerza de las armas era inútil si no se consolidaba mediante el reconocimiento internacional y, fundamentalmente, la unión de las nuevas repúblicas.
Para Bolívar, la emancipación del yugo español era solo la primera fase. Su verdadero desafío consistía en asegurar esa independencia a largo plazo; por lo tanto, la meta que anhelaba no era la fragmentación en pequeñas repúblicas débiles, sino la creación de una anfictionía americana. Es decir, una gran alianza que agrupara a las jóvenes naciones en un solo cuerpo político y geopolítico, capaz de dialogar de igual a igual con las potencias globales.
El punto culminante de esta estrategia se materializó en 1825 con la convocatoria al Congreso Anfictiónico de Panamá, instalado formalmente el 22 de junio de 1826.
A pesar de eso, Bolívar tenía muchos enemigos que contrariaban sus ideales. Tal es el caso de Páez, quien había sido el principal promotor de La Cosiata (1826) y del movimiento separatista que desintegró la Gran Colombia en 1830.
Para consolidar el nacimiento de la República de Venezuela independiente, Páez y su facción necesitaban desmantelar el poder de Bolívar. En 1830, el gobierno venezolano controlado por Páez prohibió explícitamente al Libertador regresar a su «patria chica», declarándolo proscrito, como ladrón escondido en la noche se apropió de las minas de cobre de Aroa, que eran el patrimonio familiar más importante de Bolívar y que intentó vender en sus últimos años para solventar sus deudas y subsistir, lo que terminaron bajo un entramado político y legal en Venezuela que nacionalizó o despojó a sus herederos de dicho patrimonio.
Las cartas de Bolívar reflejan el estado de absoluta quiebra emocional, física y económica antes de su muerte: “Renuncié a defenderme. Que el juez y sus compinches se queden con mi propiedad. Los conozco. ¡Sinvergüenzas! No hagan nada más por mí. Moriré como nací: desnudo. (...) No puedo soportar más humillaciones.” — (Citado por Barona Mesa, 2022, p. 508)
Según Barona Mesa (2022), en 1842, doce años después de la muerte de Simón Bolívar en Santa Marta (Colombia), el presidente venezolano José Antonio Páez solicitó formalmente al Congreso el traslado de los restos del Libertador desde Colombia hacia su ciudad natal, Caracas. En su discurso, Páez utilizó una retórica de altísima devoción, llamando a Bolívar «ilustre caudillo», «héroe» y «bienhechor magnánimo». Paéz sostenía que, para que la gloria de Venezuela estuviera completa y fuera una «nacionalidad perfecta», los restos debían descansar en el suelo que lo había visto nacer. El Congreso aprobó la solicitud y, a finales de ese año, los restos de Bolívar fueron exhumados y trasladados con grandes honores a Caracas, depositándose eventualmente en lo que hoy es el Panteón Nacional.
Hoy, a dos siglos de distancia, podemos considerar a Bolívar como el gran precursor de la unidad latinoamericana frente a las presiones externas. En tiempos de incertidumbre global, donde se intenta revivir la obsoleta Doctrina Monroe para tratar de nuevo a la región como un «patio trasero», el Tratado de Panamá de 1826 no debe verse como una reliquia del pasado, sino como una fuente viva de inspiración política.
La respuesta a las amenazas de intervención y a la diplomacia de la presión no se encuentra en la sumisión de gobiernos serviles, sino en la cohesión regional. América Latina y el Caribe, consagrados históricamente como una zona de paz bajo el Tratado de Tlatelolco, tienen el deber ético e histórico de defender su autodeterminación. El sueño bolivariano de una América unida no era una utopía romántica; hoy en día, es la única garantía de supervivencia y dignidad para los países latinoamericanos.
Si bien la muerte de Simón Bolívar trascendió el hecho biológico —la tuberculosis analizada en el protocolo del Dr. Reverend— hasta convertirse en un símbolo político y literario, las precariedades de su fin físico no opacan su estatura de estadista. El tránsito de su cuerpo enfermo hacia la Casa de la Aduana en Santa Marta y los mitos literarios sobre su sepultura construyen, ciertamente, el relato de un «héroe trágico»; sin embargo, la historia actual debe juzgar a Bolívar más allá de la leyenda del ocaso, rescatando sus aciertos monumentales y aprendiendo de sus inevitables contradicciones humanas (cf. Barona Mesa, 2022, Bolívar: su gloria y triste final, p. 503). Le cortaron el alma y lo tiraron a un retrete, como los enemigos no podía subir donde él, sus enemigos trataron de empujarlo donde hoy ellos se encuentran.
Especial para El Siglo
La figura de Simón Bolívar suele asociarse, exclusivamente, a las batallas a caballo y a la espada que rompió las cadenas del Imperio español. Sin embargo, reducir al Libertador a su faceta de estratega de guerra es obviar la mitad de su genialidad. Bolívar fue, ante todo, un pensador político y un hábil diplomático que entendió que la fuerza de las armas era inútil si no se consolidaba mediante el reconocimiento internacional y, fundamentalmente, la unión de las nuevas repúblicas.
Para Bolívar, la emancipación del yugo español era solo la primera fase. Su verdadero desafío consistía en asegurar esa independencia a largo plazo; por lo tanto, la meta que anhelaba no era la fragmentación en pequeñas repúblicas débiles, sino la creación de una anfictionía americana. Es decir, una gran alianza que agrupara a las jóvenes naciones en un solo cuerpo político y geopolítico, capaz de dialogar de igual a igual con las potencias globales.
El punto culminante de esta estrategia se materializó en 1825 con la convocatoria al Congreso Anfictiónico de Panamá, instalado formalmente el 22 de junio de 1826.
A pesar de eso, Bolívar tenía muchos enemigos que contrariaban sus ideales. Tal es el caso de Páez, quien había sido el principal promotor de La Cosiata (1826) y del movimiento separatista que desintegró la Gran Colombia en 1830. Para consolidar el nacimiento de la República de Venezuela independiente, Páez y su facción necesitaban desmantelar el poder de Bolívar. En 1830, el gobierno venezolano controlado por Páez prohibió explícitamente al Libertador regresar a su «patria chica», declarándolo proscrito, como ladrón escondido en la noche se apropió de las minas de cobre de Aroa, que eran el patrimonio familiar más importante de Bolívar y que intentó vender en sus últimos años para solventar sus deudas y subsistir, lo que terminaron bajo un entramado político y legal en Venezuela que nacionalizó o despojó a sus herederos de dicho patrimonio.