- domingo 03 de mayo de 2026 - 12:00 AM
En un rincón muy lejano, donde la vegetación se alzaba glamorosa y las flores sonreían al viento, vivió don Guayacán junto a su esposa, doña Acacia y sus tres hijos, Libo, Geranio y Guyán.
Un día, cuando don Guayacán estaba próximo a abandonar su misión, temiendo por el fin del imponente verde y el vistoso amarillo, llamó a sus tres hijos para compartirles su secreto.
Ansioso, con el ímpetu de sus días, llegó Libo donde su padre le esperaba con un manojo de semillas entre sus ramas.
—¿Para qué quiero semillas, si tengo este campo resplandeciente? —preguntó Libo, pensando que su padre le jugaba una broma.
—¡Padre!, —dijo Geranio—, el segundo de los hijos, al ver las semillas. —¡Para cuando estas semillas florezcan yo ya no estaré por estas tierras, mejor disfruto de su belleza ahora!, y salió dejando a su padre muy triste.
Guyán, el más pequeño y alegre, quien se había tardado recogiendo las flores más vistosas para regalárselas a su padre, llegó feliz hasta sus ramas.
Éste, al verlo con tantas flores amarillas, sonrió igualmente feliz.
—¡Hijo, he aquí el secreto de la eterna felicidad! —dijo— entregándole las semillas. —Te ruego las extiendas por la tierra para que todos puedan ser felices como los somos tú y yo en este instante.
—¡Claro que lo haré padre!, —contestó Guyán, sonriendo y tomando entre sus ramitas las semillas que con la ayuda de su amigo el viento y los pajaritos esparció por los valles y ciudades.
Desde entonces se dice que cada vez que un Guayacán florece se puede ver a Guyán y a su padre entrelazados en un abrazo esparciendo sus semillas.
Algunas veces doña Acacia, Libo y Geranio se les unen haciendo más frondoso el abrazo, más alegres las sonrisas y eterno el amarillo. Tanto, que nos envuelven con solo mirarlos.