- lunes 21 de septiembre de 2015 - 12:00 AM
Los flojos siempre hallan un motivo para sacarle el cuerpo al trabajo; en esa andaban a diario Marta y Jilma, quienes llevaban un pocotón de años en la empresa, pero por nada del mundo soltaban la chamba, ambas argumentaban que tenían nietos y por esa razón necesitaban seguir trabajando hasta la víspera de la muerte. El lunes llegaban las dos arrastrando la manta, hablando del número que no compraron y del tarrantán de oficios del fin de semana.
Ese informe que espere, ellos tienen que respetar las canas y comprender que las de cierta edad ya no podemos andar rápido, dijeron cuando alguien les recordó que el jefe había pedido ciertos documentos para las tres en punto de ese lunes. De pronto, Jilma anunció que aún no habían elegido la ropa para desfilar. ‘Ya es hora, muchachas, debemos elegir hoy porque mañana es tarde', decía Jilma y las otras aprovecharon para soltar el trabajo y participar en la votación.
Marta presentó varios modelos de vestido, y llovieron las opiniones. ‘Ese no le queda a cualquiera, ese vestido solo les luce a las flacas con buen trasero', anunció una compañera, y otra se antojó de que la indirecta se la estaba tirando a ella que era delgada pero de trasero tercermundista. Las mujeres se fueron a un faitin verbal y estuvieron a un tris de tirar la mano, lo que impidió la intervención de Jilma, que mostró un vestidito ceñido al cuerpo y trabajado en mola. ‘Ese sí, ese nos queda a todas, ese les saca c… a las que no tienen', dijo una y todas botaron por ese vestido. Jilma hizo un conteo rápido de las manos levantadas y puso el modelo en el tablero con un letrero: Con este precioso vestido desfilaremos el día tal de noviembre de este año…
Unos compañeros, que bajaban a tomar el cafecito de media tarde, pasaron mirando el vestido y el necio de siempre, Lucas, comentó que ‘esa moda de ropa es para pelás, yo no creo que eso les luzca a las viejucas'; fue lo único que dijo el hombre, pero una lengüilarga le hizo creer a Jilma y a Marta que aquel había dicho ‘que ni Marta ni Jilma se compren ese vestido, porque se van a ver ridículas vestidas así'. Las mujeres reaccionaron con violencia y bajaron a la cafetería a reclamarle a Lucas por sus palabras desafortunadas. Marta, que era la más salidita, le derramó el café, y esto encendió el ánimo del acusado, quien la sacudió mientras le gritaba con palabras soeces ‘tráigame aquí a la infeliz que dijo que yo dije esa vaina, tráigala ya'.
En un segundo bajaron con la compañera, quien se volvió puro nervio al ver al iracundo Lucas, y negó haberlo mencionado a él en el cuento. ‘Claro que lo dijiste', le decían Marta y Jilma, pero la otra apretó el rostro y las señaló como bochinchosas; se enfrascaron en un revolcón verbal que no se supo cómo paso a los puños. Los presentes corrieron las mesas para que las tres mujeres se dieran gusto; mientras ellos grababan las damitas parecían enloquecer y un momento le halaban las greñas a la rival, y al segundo le hincaban las uñas en el brazo, sitio que quedó justo en la boca de la que peleaba sola, la mujer no perdió la ocasión y clavó allí sus dientes afilados que le sacaron a Jilma un grito de horror y soltó a la rival, que no dudó en coger rumbo para la planta alta. Allá fueron las otras dos a buscarla, pero aquella se había armado con una lima de uñas y un tenedor de metal. ‘Que venga primero la más bellaca', gritaba aquella, pero no hubo bellaca. No tardó el gerente en mandar a buscar a Marta y a Jilma, a quienes mandó para su casa al instante. ¿Y por qué, señor gerente, por qué nos bota?, preguntaron las inocentonas, y la respuesta del otro fue un desafuero: Por chuchonas, por eso las boto, lárguense ya…
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Bochinchosa: Él dijo que ustedes se verán ridículas con esa ropa.
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Modas: Ese trajecito le luce hasta a la más desafortunada.