¿De qué raza es su perro?

La paz del barrio Los Rumberos se perdió esa mañana calurosa. El cuento venía desde muchos años atrás, cuando Walter y Haydé estaban tod...
  • viernes 20 de abril de 2012 - 12:00 AM

La paz del barrio Los Rumberos se perdió esa mañana calurosa. El cuento venía desde muchos años atrás, cuando Walter y Haydé estaban todavía en ‘edad de querer y poder’, pues él le calentó la oreja ilusionándola con llevarla al altar, por lo que le pidió varios adelantos que ella, gustosa y ardiente, concedió, siempre en el mismo lugar, bajo un frondoso limonero, cuyas ramas abundantes y dispuestas en forma semicircular eran un escenario perfecto para amarse y, lo que era mejor, tan discreto que nadie se daba cuenta de lo que allí pasaba. Y de hecho, así fue, nadie en Los Rumberos supo nunca que Walter se la goloseó y después la dejó y se casó con otra, su actual mujer, quien sí se paró firme y no le soltó prenda hasta dos horas y media después de que el cura los declaró marido y mujer.

Por esa espinita que Haydé llevaba clavada en lo profundo de su alma se formó ese día el merecumbé. Talvez por la vejez o por el aburrimiento de estar jubilado y metido en la casa todo el día que Walter tomó la costumbre de sacar a pasear a su perro tinaquero con un bozal y otros aparejos que se les ponen a los canes de raza, aquellos que por instinto tienden a morder a la gente.

La escena del viejo paseando al tinaquero con una cadena y un bozal fue motivo de burla para Haydé, quien esperó el momento propicio para exhibirlo y cobrarse el adelanto que no fue recompensado.

Y la suerte se puso de su parte esa mañana, cuando la parada estaba repleta de parroquianos que esperaban resignados el milagro de la aparición del Metrobús.

Venía, sudando la gota gorda, Walter con su perro embozalado. El viejo se paró a media loma para coger aire, pero tuvo que seguir porque el tinaquerito, experto en subir y bajar lomas, exigía velocidad.

Casi que arrastrado por el perro terminó Walter de subir la loma y fue el momento que aprovechó Haydé para soltar su veneno.

‘¿De qué raza es su perro, don Walter?’, le preguntó delante de todos, quienes estallaron en una carcajada tan sonora que hirió el orgullo del vétero.

Tardó unos segundos en reaccionar, por lo que Haydé, por joderlo nada más, le repitió la pregunta ‘¿De qué raza es el lindo perrito?’

Esto provocó una avalancha de risas estrepitosas seguidas de unos bastonazos que le soltó Walter a un pelao que no paraba de reírse, quien se defendió empujándolo y haciéndolo trastabillar, por lo que, sin querer, abrió la mano que sostenía la cadena del perro, el cual quedó en libertad absoluta y empezó a ladrar, más por costumbre que por ganas de morder, cosa que no captó una rakatakita que allí estaba y, sin ninguna consideración, lo pateó varias veces.

Fue en este momento que entró en acción una mujer alta y robusta, que también esperaba el milagro del bus, y le reclamó airadamente a la que pateó al perro. ‘Patéame a mí cabrona, patéame a mí, desgraciada, te atreves con el pobre perro pulgoso del viejo, pero conmigo no’. En cosa de segundos se fueron a los puños, porque la rakatakita, cuya filosofía es ‘no dejarse de nadie’, la desafió lanzándole una patada que solo rozó a la defensora de los perros, pero que fue suficiente para sacarle su espíritu aguerrido.

Ninguno de los presentes intentó separarlas, al contrario, sin mediar palabra, se formaron en círculo para observar y azuzar el combate.

La gritería atrajo a una jauría de tinaqueros sin cadena ni bozal, los cuales armaron un alboroto y, de repente, uno le gruñó a otro desatando una feroz pelea entre todos, lo que obligó a los azuzadores a romper el círculo, temerosos de que algún diente canino se incrustara en su piel.

Fue en ese momento que, por fin, pasó el Metrobús, cuyo conductor se bajó a ver el ‘faitin’ humano-perruno. Y, a pesar de que las dos mujeres parecían un mafá, en un segundo, como en una escena de un supermacho, las separó.

Ambas, desgreñadas y llenas de moretones, y en medio de insultos mutuos, fueron llevadas a la corregiduría por un policía que venía en el transporte. Mientras, Haydé miraba feliz cómo otro tinaquero mordía al perro de Walter, quien lleno de nervios de viejo trataba de agarrar la cadena para llevárselo a la casa.