El guitarrista

Elpidio le había hablado claro esa mañana a su mujer, Lily, quien lo cargaba levantado porque aún no le había comprado el regalo.
  • sábado 07 de diciembre de 2013 - 12:00 AM

Elpidio le había hablado claro esa mañana a su mujer, Lily, quien lo cargaba levantado porque aún no le había comprado el regalo.

Ya hoy es 7 de diciembre, le dijo en el desayuno. Así es, contestó Elpidio. El tiempo vuela, ya hoy es 7 de diciembre, repitió la mujer cuando lo vio meterse un pedazo de pan. Silencio absoluto de Elpidio.

Traga ya, gritó la mujer y dio un manotazo sobre la mesa, seguido del ya hoy es 7 de diciembre.

Ya yo sé, le dijo Elpidio cuando se iba. Y si lo sabes por qué no has comprado aún mi regalo. ‘Este año te voy a dar el regalo en efectivo, así me evito el regaño si no acierto con la talla’, dijo Elpidio.

Dámelo ya, entonces, dijo Lily y preguntó de cuánto sería el regalo. Elpidio la miró disgustado y contestó que: El Día de la Madre es mañana, o sea, 8 de diciembre, es ese día y no otro cuando hay que entregar el regalo. Y punto, añadió, pero lo cierto era que no tenía un solo real, por lo que se fue pensando en una varita mágica para conseguir plata para el regalo de su mujer, quien en la casa sumaba y hacía listas de lo que se compraría con la plata que le iba a regalar su marido.

Casi a las seis de la tarde, cuando aún no había conseguido ni un real para el regalo de su mujer, se encontró con un amigo que le preguntó si conocía a un guitarrista. ‘Le van a pagar bien chévere por dos horitas nada más, una serenata a la casa de unas viejitas que pagan bien’, dijo el otro y a Elpidio se le prendió el foquito. Mi amigo Jimeno necesita a alguien con urgencia y que la suene bien, añadió el muchacho. ‘Yo mismo soy, yo llevé serenatas hasta hace cinco años, cuando me casé y mi mujer me prohibió salir de noche, pero sí, yo la sueno bien’, dijo y simuló que tenía una guitarra y empezó a rasgarla.

Llamó enseguida a Jimeno, el serenatero. Acordaron precio y punto de reunión. Empezamos a las seis, las doñitas duermen temprano, agregó el hombre. Y así fue, los cantantes, Jimeno, el jefe, y Elpidio se congregaron en la parte exterior de una casita lujosa. Suena guitarrita, gritó Jimeno apenas recitó la dedicatoria para las viejitas. Elpidio empezó a sudar y a tratar de sacarle las notas a la guitarra.

Hey, deja el relajo, le gritaban los cantantes al guitarrista. Toca bien, que no podemos seguirte, dijeron varias veces mientras Elpidio se volvía puros malabares, pero nadie oía el producto de su accionar.

Ya, ya está bueno, toca bien que esto es serio. Da el inicio tú solo, al son de la guitarra, ordenó Jimeno, y Elpidio se lanzó, acomodó la guitarra y quiso sacar las notas de ‘Clavelitos Rojos’, canción que habían pedido las viejucas, pero lo que le salió fue algo parecido al maullido de un gato persa.

Cantante y jefe le cayeron a empujones, y luego a golpes. ‘Tú eres un tracalero, tú no sabes tocar guitarra’, le gritó Jimeno y le pegó. Formaron tal tejemene que los transeúntes llamaron a la Policía, y una de las viejitas, que habían salido alarmadas a ver de cerca la riña, se desmayó y hubo que correr con ella para urgencias. Varios policías tuvieron que inutilizar a Jimeno, que se mostroseó cuando vio su negocio a punto de fracasar y quería moler al guitarrista farsante.

A Elpidio le suturaron las heridas y lo mandaron para la casa, adonde llegó al primer minuto del Día de la Madre. ¿Mi regalo?, le pidió su mujer, pero se volvió llanto apenas lo vio lleno de parches y golpeado. ‘Me robaron los cien dólares que te traía y encima me golpearon’, le dijo a su esposa, quien se creyó el cuento y no volvió a preguntar por el regalo.

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