La cita del siglo

No supo más de ella hasta otra tarde, muchos años después, cuando se encontraron en un centro comercial
  • viernes 19 de septiembre de 2014 - 12:00 AM

Elio amaneció feliz y excitado. Solo él sabía el motivo de su alegría. Llevaba años esperando ese encuentro con Gisela, otra interiorana a la que dejó a medio trabajar cuando el viejo de ella los encontró en el monte mismo, se salvaron de una reacción más violenta porque Elio desde siempre fue un hombre detallista a la hora de ‘hacerlo’. Se ocupaba él mismo de bajar la prenda más íntima, la que solo iba para abajo cuando consideraba que la mujer ya estaba preparada para que la acariciaran allí; fue ese el datito salvador, aún estaba en la parte de arriba, pegado a las dos bolsas más famosas y potentes de la historia, cuando sintió el tajonazo. No supo más de ella hasta otra tarde, muchos años después, cuando se encontraron en un centro comercial.

Nunca te he olvidado, le dijo Elio; siempre estás en mis recuerdos, le confesó Gisela. Pero ambos nos casamos, le reprochó él mientras se comían un barquillo. Le gustó tanto verla en ese lamer constante que le preguntó a rajatabla si le hacía ‘eso’ a su marido. ‘No, esa caricia la estoy reservando para ti’. La respuesta de ella lo sorprendió, pero no pudo llevársela enseguida a que le probara en el mero terreno si era de verdad toda esa pasión. ‘Hay que ser precavidos y no dar pie a que en la casa sospechen’, le dijo ella y a él le pareció prudente, por lo que acordaron dejar que el tiempo los fuera llevando hasta que surgiera un momento oportuno para cobrarle a la vida esa larga espera, que sumó seis meses más, porque el marido de Gisela se quedó sin trabajo y la vagancia lo puso tan nervioso que apenas ella se retrasaba un minuto se le bajaba el azúcar y todo se complicaba. El panorama cambió cuando al hombre le dieron un puestito en una entidad, anotar el nombre de los que llegaban y preguntarles para qué sección iban eran las tareas del ciudadano, por lo que debía estar allí hasta que se fuera el último funcionario, lo que le dio a su mujer chance de planear una salida con Elio sin despertar sospechas.

¿Qué quieres que te regale ese día?, le preguntó Elio. ‘Tú mismo, tú, en vivo y a todo color’, contestó Gisela, pero él insistió en que quería tratarla como a una reina, por lo que ella pidió una joya, ‘algo bonito’, dijo, y él fue enseguida a cotizar el regalo. Salió convencido de que para llevarle algo digno tendría que hacer un camaroncito, porque entre el hotel, la comida y el obsequio se le iría más de lo que tenía. Por eso aceptó poner un techo el día de la cita. Calculó que terminaría a las diez, tendría tiempo para encontrarse con Gisela y regresar a tiempo a la casa. ‘Te voy a masacrar’, le escribió. ‘Cuidado y el masacrado resultas tú’, chateó ella y le puso una imagen que hablaba sola. Todo fue bien hasta que, apurado por terminar, se subió a un andamio viejo que no resistió y lo mandó derechito para abajo. Despertó, todavía turulato, en el hospital, donde, rabiosa, su esposa le preguntó por qué entre la una y las dos de la tarde lo había llamado 43 veces otra mujer. Tuvieron que sacarla de la sala, porque se mostroseó contra Elio, a quien le exigía una explicación sobre la ‘masacre’.

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