El horror de Dorángel: el asesino caníbal de Táchira

- domingo 16 de febrero de 2025 - 12:00 AM
Fue el 12 de febrero de ese año que personal de Defensa Civil, en medio de un rastrillaje, encontró los restos de dos personas. Eso hizo que las fuerzas de seguridad ahondaran en la búsqueda de las personas que seguían desaparecidas
Recién en 1999 la desaparición de, al menos, 10 hombres alertó a la policía local. Los familiares de algunos corredores y obreros que frecuentaban el parque 12 de febrero, ubicado en Táriba, pidieron investigar sus posibles muertes, pero aún no se había vuelto a reparar en Vargas.
En las sombras del parque 12 de febrero, a orillas del río Torbes, se esconde una de las historias más macabras de Venezuela: la de José Doráncel Vargas, conocido como “El comegente”, un nombre que evoca terror y repulsión.
Nacido el 14 de mayo de 1957 en una familia agrícola de escasos recursos, Vargas vivió su niñez marcada por la pobreza y la enfermedad mental, desarrollando una esquizofrenia que lo llevaría a convertirse en un asesino en serie y caníbal.
El 12 de febrero de 1999, la búsqueda de varios jóvenes desaparecidos culminó en un hallazgo horripilante. Miembros de la Defensa Civil encontraron los restos de dos cuerpos en la zona, lo que desencadenó una investigación que revelaría un verdadero campo de horror.
A medida que las autoridades profundizaban en la búsqueda, hallaron seis cuerpos más, desmembrados y abandonados a su suerte.
Los investigadores pronto descartaron la idea de que se tratara de un área de liberación de cadáveres de narcotraficantes o de sectas satánicas, y se enfocaron en las denuncias de desapariciones que comenzaban a acumularse.
Los ojos de las fuerzas de seguridad se posaron sobre Vargas, un vagabundo que vivía en una choza precaria en las cercanías.
Al inspeccionar su morada, la policía se encontró con una escena digna de las peores pesadillas: recipientes llenos de carne humana y vísceras preparadas para el consumo, tres cabezas humanas y extremidades desmembradas.
En su confesión, Vargas reveló un horror inimaginable: había asesinado y consumido al menos a diez hombres en un periodo de dos años.
Sus víctimas, generalmente hombres desprevenidos, eran cazados con un tubo en forma de lanza, desmembrados y posteriormente cocinados.
Las partes que no eran consumidas eran enterradas, un macabro intento de ocultar su atrocidad. Sin embargo, a pesar de su brutalidad, Vargas tenía un extraño código: no atacaba a mujeres ni a niños.
“Lo hice por necesidad”, dijo el hombre barbudo con voz tímida y sin temor a confesar que durante dos años se había alimentado de los cuerpos trozados de una decena de personas, a razón de dos por semana.
Pero, solo de algunas de sus partes, porque obvió “los cortes” que le podrían causar indigestión.
A poco de haber sido detenido, Dorángel Vargas, un vagabundo que solía dormir debajo de un puente de la ciudad de Táriba, respondió las consultas de una reportera que quería saber los motivos de esa detención. La prensa venezolana ya le había dado el apodo por el que se lo conoce.
Diagnosticado con esquizofrenia paranoide, Vargas fue declarado inimputable ante la ley venezolana, lo que le llevó a ser recluido en un centro penitenciario sin las condiciones adecuadas para su tratamiento.
En 2016, su naturaleza violenta volvió a salir a la superficie cuando se vio involucrado en un motín carcelario, donde mató a otros dos reclusos, entregando sus restos a otros prisioneros.
El caso de Dorángel Vargas es un recordatorio escalofriante de los oscuros rincones de la naturaleza humana y de cómo la locura puede llevar a un individuo a cometer actos de barbarie inimaginables.
Las familias de las víctimas continúan buscando respuestas y justicia, mientras el eco del horror que vivió Táchira aún resuena en la memoria colectiva de una sociedad que se niega a olvidar.