El horror de la granja de los cerdos

La historia de un granjero que no despertaba sospechas, lo que le permitió pasar desapercibido por años
  • domingo 23 de febrero de 2025 - 12:00 AM

La historia de Robert Pickton es una de las más escalofriantes de la crónica roja. Durante años, este asesino en serie sembró el terror en Vancouver, Canadá, con un método macabro que lo hizo tristemente célebre. Su granja se convirtió en un verdadero matadero humano, donde mujeres desaparecían sin dejar rastro. La brutalidad de sus crímenes y la negligencia en las investigaciones dejaron en evidencia un sistema que falló a las víctimas una y otra vez.

Medios internacionales reportaron que a largo de la década de 1990 y principios de los 2000, muchas mujeres de Downtown Eastside, una de las zonas más pobres y marginadas de Vancouver, comenzaron a desaparecer.

La mayoría eran trabajadoras sexuales o tenían problemas de adicción, lo que las hacía fácilmente ignoradas por las autoridades. La comunidad denunciaba la desaparición de sus familiares y amigas, pero las investigaciones eran lentas y poco comprometidas.

Las víctimas tenían algo en común: todas fueron vistas por última vez en los alrededores de la granja de Robert Pickton. Con el tiempo, las sospechas crecieron y las denuncias se acumularon. Sin embargo, no fue hasta el 2002 que la policía finalmente tomó acciones contundentes.

Hallazgo espeluznante

En febrero de 2002, las autoridades allanaron la granja y encontraron pruebas irrefutables de los crímenes: restos humanos mezclados con desechos de animales, evidenciando la brutalidad de su método. También se hallaron objetos personales de las desaparecidas, lo que confirmó los peores temores de sus familiares.

El caso conmocionó a la opinión pública. La forma cómo se deshacía de los cuerpos horrorizó incluso a los investigadores más experimentados. Se habló de teorías escalofriantes, incluyendo la posibilidad de que algunos restos humanos hubieran terminado en la carne molida vendida en la granja. Aunque no se pudo confirmar, eso desató una ola de indignación y repulsión.

Robert Pickton fue arrestado y acusado inicialmente de 27 asesinatos. Sin embargo, solo se le pudo juzgar por seis, debido a la falta de pruebas contundentes en otros casos.

En 2007, fue condenado a cadena perpetua sin posibilidad de libertad condicional por al menos 25 años. Aunque las familias de las víctimas encontraron cierto alivio en la condena, muchas sintieron que la justicia no fue plena, ya que el asesino nunca confesó la totalidad de sus crímenes ni mostró remordimiento.

La investigación también expuso fallos graves en el sistema de justicia. Durante años, las denuncias fueron ignoradas, y hubo oportunidades para atrapar a Pickton mucho antes.

En 1997, una trabajadora sexual logró escapar de él y denunciarlo, pero la falta de pruebas físicas llevó a que el caso fuera desestimado. Si las autoridades hubieran actuado con más diligencia, muchas vidas podrían haberse salvado.

La granja era un terreno siniestro donde la muerte acechaba. Se encontraba en una zona semi-rural, lo que le permitía operar con total impunidad. Investigadores que trabajaron en el caso revelaron que había instalaciones improvisadas para desmembrar cuerpos, además de pruebas que indicaban que había intentado disolver restos en barriles. Se cree que pudo haber tenido cómplices o al menos personas que sabían lo que ocurría, pero nunca se logró probar la participación de terceros en sus crímenes.

Además de los asesinatos, Pickton llevaba una vida aparentemente normal. Asistía a ferias de ganado y se mostraba como un granjero promedio. Su personalidad no despertaba sospechas inmediatas, lo que le permitió pasar desapercibido por años. Sin embargo, su historial de violencia y denuncias previas sugería que no era la primera vez que atacaba mujeres.

El impacto en la comunidad

El impacto de los crímenes en la comunidad fue devastador. Las familias de las víctimas, muchas de ellas de bajos recursos, enfrentaron años de incertidumbre y angustia mientras la policía tardaba en tomar acciones. La indiferencia inicial de las autoridades generó un fuerte debate sobre la discriminación sistémica hacia mujeres en situación de vulnerabilidad.

El barrio de Downtown Eastside, donde Pickton captaba a muchas de sus víctimas, era conocido por su pobreza y alta tasa de criminalidad.

Los crímenes de Pickton resaltaron la falta de apoyo gubernamental para quienes vivían en esa área, y tras el caso se implementaron programas para mejorar la seguridad y el acceso a recursos para las mujeres en riesgo.

Tras la condena de Pickton, el gobierno canadiense tomó medidas para reformar la manera en que las autoridades investigaban desapariciones. Se implementaron bases de datos más eficientes para rastrear personas desaparecidas y se establecieron equipos especiales para atender casos de mujeres en riesgo. Además, el caso impulsó la creación de una comisión de investigación para analizar los errores cometidos y proponer cambios en los procedimientos policiales.

Huella imborrable

El caso de Robert Pickton dejó una huella imborrable en la sociedad canadiense. Las víctimas no solo fueron asesinadas, sino también invisibilizadas durante años. Sus nombres quedaron marcados en la memoria colectiva como un recordatorio de cómo la indiferencia y la discriminación pueden permitir que monstruos como Pickton operen impunemente.

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