Visión y legado de los institutores del 9 de enero de 1964 (II parte)
- domingo 18 de enero de 2026 - 12:00 AM
En Luna Verde, obra de Joaquín Beleño evoca una visión existencial de la supremacía y el espíritu de poder de los Estados Unidos en Panamá. Muestra el quebranto de una sociedad cansada y casi marchita que vive acorralada. La muralla no es de piedra colonial, está martillada con acero que emana de los dictámenes de un gobernador extranjero. Se vive con una dosis de temor y se exhala un duro y genuino sentido de patria. El poder extranjero interviene en las elecciones y socava la dignidad nacional. El designio de obedecer es copia del Destino Manifiesto, y resabio de los pueblos dominados en Latinoamérica por la Doctrina Monroe. Ese inescrupuloso potentado ya había asaltado a California, Oregon y con sus cañones había obligado a México a firmar el Tratado Guadalupe Hidalgo donde le robó la mitad del territorio mexicano.
En nuestra vida republicana, los sueños de grandeza se ahogaron con el Tratado del 18 de noviembre de 1903, donde se garantizaba la defensa de los Estados Unidos de nuestra independencia y el derecho de intervención. Por orden de los Estados Unidos, cuyo brazo ejecutor fue el Dr. Manuel Amador Guerrero, se expulsó al general Esteban Huertas de la dirección del ejército.
Hemos recorrido un empedrado camino y en el umbral de los años de muchos panameños aún pervive la idea de una sola bandera y un solo territorio. El alegato del escritor Joaquín Beleño es real, aunque victimice al latino. Él escribe: “Yo fui uno de los tantos miles de desamparados que el Canal echó en su fosa de despilfarro y miseria. Yo caí en ese nido de tentación, vicios y podredumbre.” (Jerónimo Ossa. 1847-1907. A Panamá, escrito en Valparaíso). Ese fue el cruel resultado de muchos migrantes que eran apasionados por el país que tenía la máquina de hierro que enlazaba dos océanos, y el brillo cuál diamante perdido en su mente lo empujaba a Panamá.
La gloria Institutora no es un mito, ni una frase hueca ni un desaliño emocional. Ella representa lo más valioso y pulcro que existe en nuestra historia patria. La energía que movió un país y asombró al mundo por su coraje y valentía. Atalaya donde se mira el pretérito para que los aguiluchos que prendieron la llama eterna de la justicia que aún la esperamos. Los muchachos de 1964, cuya osadía es la potencia que venció al imperio. Ellos forjaron el carácter de generaciones posteriores y templaron el sentido de la panameñidad. Ustedes aguiluchos le han dado sentido a esta patria desde siglos, saqueada por los países imperiales que se maquillan hoy, con los títulos de defensores de la democracia y de la justicia, mientras desmiembran países y roban petróleo.
Pero la fuerza y ese nutriente de la patria se hizo presente, durante las jornadas del rechazo del Tratado Filos Hines de diciembre de 1947. En este templo del saber, han salido las generaciones que lucharon contra la corrupción. Es como morderse el corazón para sentir el flujo que limpia el alma y alimentarse con la savia ardiente de mis queridos muchachos del 9 de enero de 1964. Hoy rendimos honores a los caídos que, últimamente, han partido al más allá; pero su imagen y amistad serán para gloriarse en la eternidad.
Ni la fuerza de misiles, ni la podredumbre de la antipatria que inclina la cabeza a la bandera de las barras y las estrellas podrá borrar la gloria institutora. Algún día, los ídolos fermentados cesarán de los que socavan nuestra memoria colectiva y con las palabras del poeta Jerónimo Ossa cantaremos igual: “entonces tornara la dicha mía/ y para siempre cesará mi llanto, / porque en tus playas hallaré mi encanto.” (A Panamá. 1865 escritos en Valparaíso)
Estudiante institutor eres el rifle, sable y lanza, eres de sangre latina y mientras el bruto del norte sajón, su braveza de titiritero vocifera, cantamos a Rubén Darío: “Eres los Estados Unidos, eres el futuro invasor de la América ingenua ... Esa América que tiembla de huracanes y que vive de amor ... Hoy mil cachorros sueltos del León español se necesitaría Rossevelt, ser Dios mismo, el riflero terrible y grande cazador para poder tenernos en vuestras férreas garras.” Pero los halcones y las esfinges también volarán.