La Navidad como mercancía: crónica de una pérdida anunciada

  • jueves 01 de enero de 2026 - 12:00 AM

La Navidad no murió: fue absorbida. No desapareció su calendario, desapareció su sentido. Al inicio de un nuevo año sigue allí, omnipresente, iluminada por unos días más, pero en mi opinión vacía de profundidad espiritual, filosófica y humanista. La Navidad contemporánea se consume. Y lo que se consume deja de interpelar.

El problema no fue el árbol ni el intercambio de regalos. El problema fue que la Navidad se redujo a una operación comercial que neutralizó cualquier posibilidad de reflexión. Ya no es un tiempo simbólico, sino una temporada de ventas. El pesebre fue sustituido por la vitrina; el silencio por la playlist; la contemplación por la tarjeta de crédito.

La Navidad dejó de ser un acontecimiento del espíritu para convertirse en un evento del mercado.

En su origen, la Navidad proponía una idea radical: la dignidad de lo frágil. El nacimiento en la precariedad, la sacralización de la pobreza, la inversión de la jerarquía del poder. No era una fiesta del exceso, sino una alegoría de la humildad. Hoy volvió a ocurrir lo contrario: el derroche es la medida del afecto y el precio del regalo, el termómetro del amor. La espiritualidad fue desplazada por la logística.

Desde una perspectiva filosófica, la Navidad ofrecía una pausa ética. Un momento para revisar el vínculo con el otro, para ejercer la hospitalidad, para recordar que la comunidad no es una suma de individuos sino una responsabilidad compartida. En cambio, el discurso actual nos invitaba a “cerrar el año” comprando, como si el sentido pudiera adquirirse en cuotas.

No celebramos la Navidad: la sobrevivimos entre gastos, compromisos y una felicidad obligatoria.

En Panamá, esta mutación fue especialmente visible. Centros comerciales abarrotados desde noviembre, decoraciones importadas que no dialogan con nuestro clima ni con nuestra historia, villancicos anglosajones sonando en un país donde diciembre siempre fue sinónimo de reunión, conversación larga y calle compartida. El tamal, el arroz con guandú y el ron abuelo conviven ahora con un imaginario ajeno que se impone como modelo aspiracional. No es globalización cultural: es estandarización emocional.

La Navidad panameña solía ser comunitaria. Las puertas abiertas, el saludo al vecino, el plato que se comparte. Hoy el encierro es más frecuente que el encuentro. Celebramos en burbujas privadas mientras el espacio público se vacía de sentido humano. La Navidad perdió su vocación comunitaria cuando dejamos de mirarnos y empezamos a compararnos.

El humanismo navideño —esa idea de que el otro importa más que el objeto— ha sido reemplazado por una estética del éxito: mesas perfectas, fotos perfectas, familias perfectas para redes sociales que no toleran la imperfección. La pobreza, la soledad, el duelo y la desigualdad quedan fuera del encuadre. Pero una Navidad que no mira la fragilidad humana es una contradicción en sí misma.

Como advertía Hannah Arendt, cuando los rituales se vacían de significado, solo queda la repetición mecánica. Eso es lo que ocurre hoy: repetimos gestos sin comprenderlos, tradiciones sin memoria, símbolos sin pensamiento. El resultado es una celebración anestesiada, incapaz de incomodar o transformar.

La Navidad no debería tranquilizarnos; debería cuestionarnos. Preguntarnos qué hicimos con el año que se fue, con la responsabilidad social que no se suspende por feriado. En un país marcado por desigualdades, celebrar sin conciencia es una forma de ceguera ética. No se trata de culpar al individuo, sino de señalar un sistema cultural que convirtió lo sagrado en mercancía y la esperanza en eslogan.

Recuperar el sentido de la Navidad no implica volver al dogma ni rechazar la celebración. Implica devolverle espesor simbólico, densidad ética y profundidad humana. Volver a entenderla como un tiempo para pensar, no solo para comprar; para compartir, no para exhibir; para recordar que ninguna sociedad se sostiene únicamente sobre luces, descuentos y consumo.

La Navidad que casi se va no necesitaba más adornos. Necesitaba pensamiento. Y eso, hoy, es lo verdaderamente escaso.