• jueves 19 de enero de 2012 - 12:00 AM

Villano y héroe

Exceso de confianza. Arrogancia. Mal juicio. Aumentan los testigos que acusan al capitán Francesco Schettino de habérsela pasado en juer...

Exceso de confianza. Arrogancia. Mal juicio. Aumentan los testigos que acusan al capitán Francesco Schettino de habérsela pasado en juerga, andar bebiendo champán, mientras su deber era dirigir la portentosa nave de 110.000 toneladas, edificio flotante de diez pisos, con más de 4.000 moradores, entre pasajeros y tripulación.

Mudó la ruta, acercó a una distancia intolerable de la isla Giglio el gigante del mar, que se estrelló contra un arrecife. Una cosa de amigos: encandilar al maître con una reverencia ante la comunidad de la que es oriundo. No llegó a registrarse el momento azucarado, con muchas luces del barco encendidas y las sirenas en griterío frente al poblado gigliense, con un millar de habitantes.

Ni la última tecnología ni el portento de esta obra, botada hace cinco años, fueron frenos ante el factor humano y los cruceristas y tripulantes revivieron la penuria y tragedia del Titanic, hundido poco antes de la medianoche del 14 de abril de 1912 en las costas de Terranova, cuando chocó contra un iceberg. Están por completarse los cien años de este suceso.

Están las pruebas que demuestran que Schettino, de una familia con tradición marinera, se atrasó en más de una hora para autorizar la operación de rescate y que la comunicación a puerto del desastre solo fue posible por la intervención de pasajeros que telefonearon desde el barco a las autoridades policiales.

No son pocos los testigos que aseguran que el capitán rápido saltó de la nave, pudo observar desde la orilla de la isla el naufragio y, después, abordar un taxi y marcharse. La ley del mar, indica, que el último en salir es el capitán. No existe evidencia de que se haya puesto en práctica la cadena de mando, ante la demostrada incapacidad de Schettino.

Personas de distintas nacionalidades, sobre todo europeos, vieron convertidos sus momentos de placer y entretenimiento en una pesadilla, que costó la vida a un puñado de personas y a otros, la mayoría, les sobrevivirá por el resto de sus días.

Ante tamaña afrenta, el comandante de Falco, de la Capitanía del puerto de Livorno, en la región Toscana, impuso su autoridad, y conminó, vía telefónica a Schettino para que regresara a la nave a atender la evacuación. Una conversación que rescata el honor italiano, en una época de vacas flacas y en las que hundimiento del crucero de lujo representa el descalabro económico que se está viviendo en aquella nación, otrora locomotora imperial.

Ni importa si es el elegante edificio flotante o el autobús del transporte urbano, siempre figura el juegavivo y mediocre, que no asume su responsabilidad con la sociedad en la que vive, y no es tan difícil diferenciar al héroe del villano.

EL AUTOR ES FILÓLOGO Y PERIODISTA