- sábado 29 de octubre de 2011 - 12:00 AM
Los vicios de los políticos
Todos los seres humanos somos susceptibles de cometer errores y realizar actuaciones correctas e incorrectas. Cuando vivimos en sociedad, y ejercemos algún grado de autoridad, nuestras acciones tienen una mayor repercusión.
Desde la antigua Grecia, la política, entendida como el ejercicio del poder, fue exaltada por sabios y se le consideraba un medio idóneo para la búsqueda del bien común. Sin embargo, la naturaleza humana ha propiciado, como observamos a través de la historia mundial, que el poder se convierta en un fin y no en un medio, usualmente para beneficio de quienes controlan los bienes económicos, en detrimento de las grandes mayorías de la población. Es por ello que un gran sector de la población considera la política como algo nefasto.
La administración pública, como aparato administrativo del Estado que debe materializar las acciones del mismo, ha mantenido, al menos, dos aproximaciones teóricas sobre su vínculo con la política partidista. Woodrow Wilson, expresidente norteamericano y docente de Administracion Pública, planteó la necesaria separación entre política y administración pública a principios del siglo xx, para erradicar el sistema de botín político. En las últimas décadas, se admite la necesaria dependencia entre una y otra. No obstante lo anterior, los políticos no respetan, generalmente, las prácticas administrativas y hasta legales, tratando de justificar la consecución a toda costa de sus fines.
Mi experiencia me dice cómo los políticos tratan de llegar al poder a toda costa. En la década de los sesenta, las campañas políticas se hacían comprando votos, ofreciendo licor y comida hasta el día de las elecciones, cuando algunos campesinos podían probar la carne. Se nombraban botellas y, finalmente, se fraguaba el fraude o paquetazo, y el perdedor obtenía el puesto.
Durante el régimen militar realizaban masivas concentraciones para escuchar al ‘líder máximo’, involucrando grandes movilizaciones desde el interior, la repartición de comidas y bebidas de todo tipo. El que no se cuadraba, iba para afuera.
En nuestra democracia posinvasión, las cosas no han mejorado mucho. Se acentúa el clientelismo o botín político. Los puestos se les otorgan, no necesariamente al mejor, sino a los copartidarios. Se busca la concentración del poder, en lugar de garantizar la legendaria separación de poderes lograda desde la Revolución Francesa. La imposición reemplaza la consulta y la confrontación social es más común que el consenso. Entonces, ¿qué nos depara nuestro futuro político?
La mayoría de los votantes, que no pertenecemos a ningún partido, podemos sentirnos defraudados por las actuaciones de los políticos. Algunos opinan que es mejor sustraerse y por ello dicen no ser políticos. Otros esperamos que entiendan que ellos están llamados a ser servidores del pueblo y no a servirse de los mismos.
Quisiera no estar de acuerdo con D’Alembert cuando dijo ‘La guerra es el arte de destruir a los hombres, la política es el arte de engañarlos’.
EL AUTOR ES DOCENTE UNIVERSITARIO JUBILADO