- lunes 13 de abril de 2026 - 12:13 PM
Sin conciencia ciudadana; ¿y con cédula?
Por allá por 1973, la ley nos otorgó la ciudadanía a los 18 años. La noticia fue recibida con alegría por la muchachada, pues ahora con mi cédula, ya esos amargados policías no podrían impedirme fumar en público, entrar en bares o cines “de adultos”.
Esa idea era torcida, porque los deberes y responsabilidades ciudadanas brillaban por su ausencia. Recuerdo que nos tomaron la foto, y un día sin ninguna formalidad, nos entregaron la “cédula a colores”. Ya era mayor de edad, sin tener claro lo que involucraba ser ciudadano, siendo incompletas aquellos conceptos generales que recibimos en las clases de “cívica y gobierno”, que teníamos arrinconadas en nuestra mente.
La cédula es algo más que un documento de identidad personal, con ella constamos que somos ciudadanos panameños, y como tales tácitamente aceptamos el compromiso de respetar la Constitución y la Ley. Todos lo contrario ocurre cuando un extranjero adquiere, pues además ser evaluados sobre cultura general panameña, en un acto solemne se les exige prestar juramento de sumisión incondicional al Estado panameño.
Las estadísticas muestran que el número de jóvenes que cada estrenan voto, son determinantes para lograr el triunfo electoral. Las frustraciones de las nuevas generaciones no esperan la mayoría de edad para surgir ni expresarse. Son suficientes escuchar los malestares de sus padres, para que los adolescentes sientan en carne viva, el impacto negativo de la crisis.
Si a la deficiente formación cívica ya indicada, le añadimos la ausencia de espacios para que nuestros jóvenes compartan sus verdades y expectativas, quedarán a merced de la politiquería. Los jóvenes deben diferenciar al demagogo del político honesto. El primero se esforzará por sacarle partido de tus confusiones y dudas, mientras que el segundo, aspira convertirte en actor de tus esperanzas y proyectos.
Es peligroso para la democracia, que el debate político excluya a los jóvenes. A pesar del rechazo que provocan, los eternos politiqueros siguen “desorientando”, desoyendo el rechazo que provocan. Sin importar sus defectos, necesitamos estimular la participación política de renovadas vocerías. Esto es preferible a ver cómo reproducimos otras generaciones reacias a todo lo que involucre en asuntos de interés colectivo.
Abogado