El panadero que convertía mujeres en presas humanas

La evidencia terminó derrumbando la fachada del “vecino ejemplar” y fue condenado a cadena perpetua más 461 años de prisión.
  • domingo 31 de mayo de 2026 - 12:00 AM

Muchos conocían a Robert Hansen como un hombre tímido y trabajador. Era dueño de una panadería, estaba casado, tenía hijos y hasta algunos policías compraban en su negocio. Parecía un ciudadano común. Pero detrás de aquella imagen tranquila se escondía uno de los asesinos seriales más perturbadores de la historia criminal.

Durante más de una década, Hansen llevó una doble vida. Por el día atendía clientes y horneaba pan. Por las noches recorría bares y clubes nocturnos buscando mujeres vulnerables, muchas de ellas bailarinas o trabajadoras sexuales.

Según investigaciones policiales y reportes periodísticos, entre los años 70 y 80 asesinó al menos a 17 mujeres, aunque las autoridades sospechaban que el número real podía superar las 30 víctimas.

El caso provocó horror internacional por la forma en que cometía los crímenes.

Hansen era un experimentado cazador y piloto aficionado. Tenía una pequeña avioneta con la que trasladaba a sus víctimas hacia regiones aisladas de Alaska. Allí las abandonaba en medio de bosques helados y montañas desiertas. Después iniciaba una persecución armada con rifle y cuchillo, como si estuviera participando en una cacería de animales.

Años después, investigadores describieron el caso como uno de los más macabros del país.

El detective John Daily declaró a la revista People que era “el crimen más horroroso” en el que había trabajado.

Lo más inquietante era que Hansen no encajaba en la imagen tradicional de un asesino serial. Medía poco más de metro y medio, usaba lentes, tartamudeaba y tenía cicatrices severas de acné. Vecinos y conocidos lo describían como una persona reservada y hasta amable.

Su obsesión por la cacería comenzó desde joven. Según documentos citados por medios estadounidenses, encontraba en la caza una forma de escapar de los problemas de autoestima que sufrió durante su adolescencia. Con el tiempo esa obsesión se mezcló con violencia sexual y odio hacia mujeres.

Durante años, varias mujeres desaparecieron en Anchorage sin que existiera una conexión clara entre los casos. Muchas eran jóvenes pobres o vinculadas al trabajo sexual, por lo que las investigaciones avanzaban lentamente.

En junio de 1983 una adolescente llamada Cindy Paulson logró escapar de Hansen. La joven, de 17 años, había sido secuestrada, violada y mantenida encadenada en la vivienda del asesino. Cuando Hansen se preparaba para subirla a su avioneta, ella aprovechó un descuido y salió corriendo. Descalza y aterrorizada, logró detener un automóvil y pedir ayuda.

Su testimonio permitió a la policía concentrarse finalmente en Hansen.

Los investigadores allanaron la vivienda del panadero y encontraron armas, joyas pertenecientes a víctimas y un mapa aéreo con varias marcas en zonas remotas de Alaska. Las autoridades sospecharon que aquellas señales indicaban tumbas clandestinas.

La evidencia terminó derrumbando la fachada del “vecino ejemplar” y en una confesión grabada durante varias horas, Hansen admitió varios asesinatos y guió a los investigadores hacia lugares donde estaban enterradas algunas víctimas. En 1984 fue condenado a cadena perpetua más 461 años de prisión.

El fiscal Frank Rothschild lo describió entonces como “el asesino más prolífico de la historia moderna de Alaska”.

Con el paso de los años, algunas víctimas continuaron siendo identificadas gracias a nuevas técnicas forenses y estudios de ADN. En 2021, autoridades de Alaska lograron poner nombre a una joven conocida durante décadas como “Horseshoe Harriet”. Su verdadero nombre era Robin Pelkey y tenía apenas 19 años cuando fue asesinada.

Robert Hansen murió en prisión en 2014, a los 75 años. Su historia continúa generando impacto en documentales, libros y películas como “The Frozen Ground”, inspirada en sus crímenes.

Hasta hoy, el caso sigue siendo recordado como uno de los ejemplos más aterradores de cómo un hombre aparentemente común pudo ocultar durante años una mente criminal capaz de convertir seres humanos en presas de cacería.