• lunes 20 de julio de 2026 - 12:00 AM

Se acabó la fiesta mundialista

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Ayer concluyó la Copa Mundial de Fútbol, después de 39 días durante los cuales buena parte de la atención del planeta estuvo concentrada en el campeonato más importante del deporte rey, que se celebra cada cuatro años.

Como mencioné en un artículo anterior, Panamá se ha convertido, con el paso del tiempo, en un país futbolero. En esta ocasión, la selección nacional participó por segunda vez en una Copa Mundial. Disputó tres partidos y, aunque no logró anotar un solo gol, el simple hecho de clasificar y competir en este escenario representa un logro importante para el deporte panameño y una valiosa oportunidad para proyectar la imagen del país.

Miles de panameños viajaron hasta Toronto para acompañar a la “Sele” en sus primeros encuentros. Familias enteras se congregaron para alentar al equipo, mientras que una noche típica panameña reunió música, gastronomía y manifestaciones culturales que demostraron, una vez más, el orgullo de pertenecer a esta pequeña nación.

Cuando escribo estas líneas aún no se ha disputado la gran final entre Argentina, campeona defensora del título, y España, que busca conquistar nuevamente la copa que obtuvo en 2010. Inglaterra, por su parte, alcanzó el tercer lugar tras imponerse a Francia en un encuentro muy disputado.

Más allá de los resultados, estos grandes acontecimientos deportivos tienen la virtud de unir a los pueblos. También despiertan pasiones, debates y hasta pequeñas rivalidades dentro de las propias familias. Debo confesar que no soy aficionada al fútbol. No es que me desagrade; simplemente me resulta indiferente. De hecho, no vi un solo partido del torneo. Sin embargo, disfruté escuchando las conversaciones de mi familia, donde grandes y pequeños analizaban alineaciones, estrategias y resultados con un entusiasmo contagioso.

El Mundial volvió a demostrar que el deporte constituye uno de los lenguajes universales más poderosos. Durante varias semanas logró que millones de personas compartieran alegrías, decepciones, ilusiones y esperanzas, sin importar las fronteras, los idiomas o las diferencias culturales.

Ahora que el torneo ha terminado, conviene volver la mirada hacia nuestra propia realidad. Panamá enfrenta desafíos importantes que requieren la misma pasión, el mismo compromiso y sentido de equipo que tantos demostraron alentando a la selección nacional.

Porque los mundiales pasan; los problemas nacionales permanecen. Y esos sí necesitan que todos juguemos el mismo partido.