Para nadie es un secreto que estudiar Medicina representa un gran reto. En este punto de mis estudios, ya sé que existen otras dificultades que pueden pesar incluso más que lo académico, gran parte de ellas relacionadas con el entorno.
Durante los primeros años comienzan los desafíos formativos. La complejidad de algunas asignaturas es parte del proceso, pero también existen formas de enseñanza donde la exigencia comienza a confundirse con la intimidación, anticipando ciertas dinámicas que encontraremos en el hospital. A esto se suman comportamientos de grupo que pueden tornarse desfavorables por los sesgos cognitivos de sus integrantes y la competitividad entre compañeros, añadiendo una carga emocional a la ya propia de la carrera.
Al llegar a las rotaciones aparece otro escenario: el hospitalario. He conocido grandes mentores que, con sus habilidades clínicas y docentes, hacen del aprendizaje una experiencia agradable. Sin embargo, esto no siempre sucede. He observado cómo los límites pueden cruzarse en distintos niveles de formación: desde estudiantes que reciben comentarios descalificativos, incluso por la universidad de la que provienen, hasta internos y residentes que enfrentan sobrecarga laboral y prácticas cuestionables. En las tres etapas puede surgir el temor de presentar una queja ante posibles represalias.
Al terminar los estudios se ingresa al internado y, posteriormente, a una residencia, si así se desea. Ante las recientes denuncias de acoso laboral entre médicos residentes que han derivado en sanciones, resulta inevitable pensar que quienes hoy somos estudiantes algún día ocuparemos esos lugares. Es alentador ver cómo prácticas normalizadas durante años comienzan a cuestionarse. Que algo se haya hecho así durante generaciones no significa que sea correcto ni que deba permanecer igual. Creo firmemente que la formación médica puede ser exigente y mantener la disciplina y el carácter sin caer en la intimidación, el hostigamiento o el abuso.