• miércoles 03 de junio de 2026 - 12:00 AM

Ocho horas con las llaves ajenas

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La controversia surgida en la Dirección Nacional de Contabilidad de la Caja de Seguro Social dejó una pregunta necesaria: ¿hasta dónde llega la autoridad de un jefe y dónde comienza la vida privada de un trabajador?

Se impartió una instrucción para que los funcionarios entreguen sus teléfonos celulares a sus superiores durante la jornada laboral. La medida fue revocada. Menos mal.

La genialidad no ocurrió en la oficina de un rincón del organigrama estatal. Ocurrió en la Dirección Nacional de Contabilidad de la CSS, uno de los centros neurálgicos de una institución que administra miles de millones de dólares y servicios esenciales para la población.

El problema comienza cuando una autoridad considera razonable exigir la entrega de un dispositivo que contiene buena parte de la vida privada de una persona.

La Corte Interamericana de Derechos Humanos abordó este tema en el caso Escher y otros vs. Brasil (2009), al señalar que:

“El derecho a la inviolabilidad de las comunicaciones telefónicas no se limita al contenido de la conversación, sino que abarca también el flujo mismo de los datos de la comunicación”.

La tecnología cambió los objetos, pero no los derechos. Antes la privacidad viajaba en cartas. Hoy viaja en teléfonos móviles. Antes los secretos descansaban en una gaveta. Hoy caben en un bolsillo. Panamá es signataria de esa Corte.

Un celular moderno contiene fotografías familiares, conversaciones personales, información bancaria, historiales médicos, ubicaciones, documentos, claves y recuerdos. En muchos casos, alberga más intimidad que el escritorio de toda una oficina.

¿Dejaría las llaves de su casa sobre el escritorio de un superior con la promesa de que nadie abrirá la puerta?

¿Por qué habría de parecer razonable entregar el dispositivo que concentra una parte sustancial de la vida privada con el riesgo de que se pierdan los chivitos?

La autoridad administrativa puede organizar el trabajo, supervisar funciones y exigir resultados. Está en su obligación. Contrario es reclamar las llaves de la intimidad ajena.

Las democracias aprendieron hace mucho tiempo que los derechos fundamentales no se depositan sobre un escritorio. Tampoco se dejan, como los pollitos, al cuidado del gavilán.