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Agrega El Siglo en Google ↗️Amanece en nuestra angostura biológica y del megacirco de las 48 carpas sobreviven ocho. Que no nos vengan con discursos solemnes sobre la hermandad de los pueblos. Este Mundial 2026 no puede tomarse en serio. Sus directores de orquesta son los personajes menos serios del planeta. Montaron la fiesta de la abundancia en el Nuevo Continente, ampliaron los cupos para vender una supuesta democratización del balón, y el resultado es una paradoja deliciosa: terminaron armando una Eurocopa encubierta sazonada con chili mexicano y jugada en estadios de la NFL.
Seis de los ocho pasajeros hablan idiomas imperiales y facturan en euros. Tras el naufragio de Brasil y la Concacaf, Argentina queda como la única excepción transatlántica, ese vecino indomable que se niega a entregar el vecindario, junto a la resistencia marroquí. El resto es un monopolio del Viejo Continente. Vinícius recibe palmadita de Haaland —dos millonarios que comparten el software del club—, mientras los vikingos noruegos celebran remando sobre el césped tras profanar el templo del Jogo Bonito. El patio del colegio siempre le pertenece al que tiene la billetera más gorda.
En los palcos VIP, la codicia y el ego compiten con la pelota. En Seattle, Bélgica humilló 4-1 al anfitrión estadounidense; sus jugadores celebraron bailando el famoso pasito de Donald Trump al ritmo Y.M.C.A. Una ironía sublime: el nacionalismo local domesticado por el ingenio de los chicos de Bruselas en su propia casa. (La escultura belga del chico orinón).
Infantino sonríe con mueca de gerente de casino. Tras bambalinas, la crisis arrecia: mientras la Conmebol defiende sus ingresos récord, en Europa exigen su cabeza. Voces del norte, como la noruega Lise Klaveness, han pedido al Comité de Ética que lo investigue por violar la neutralidad de la FIFA, todo por un grotesco acto de servilismo: regalarle a Trump un inventado Premio de la Paz corporativo para sanar el ego de un presidente obsesionado con un Nobel que jamás recibió. ¿Y sí recibirá? Se suman las demandas de Platini en Francia por tráfico de influencias de este Estado transnacional. El fútbol de adultos es un negocio de extracción disfrazado de infancia. Disfruten el pimento, la rabieta de Egipto jurando que el establishment quiere ver a Messi campeón, y la bofetada con guante blanco de Kylian al racismo explícito e impune de una política paraguaya. No se lo tomen en serio. El jueves arranca el verdadero recreo y la pelota, por suerte, todavía no usa corbata.