• lunes 01 de junio de 2026 - 12:00 AM

Modo mundial

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En 11 días empezará la Copa Mundial de Fútbol y pareciera que no hay noticias más relevantes que las que giran en torno a ella. Los telediarios empiezan, siguen y terminan con comentarios sobre nuestra selección, que por segunda vez logró clasificar a una Copa del Mundo. Debo aclarar que a mí me da exactamente igual el fútbol y sé muy poco de ese deporte, pero sí encuentro desmedida la entrega colectiva a este acontecimiento mundial que, como suele ocurrir, sirve también para distraernos de otros problemas que nos acechan: el alto costo de los combustibles, los conflictos armados que estremecen diversas regiones del planeta y el progresivo deterioro de muchos servicios públicos.

Es curioso que, aunque hoy muchos consideran al béisbol como el deporte tradicional panameño, el fútbol tiene raíces casi tan antiguas como la propia República y se practicaba en el Istmo desde los primeros años del siglo XX. Sin embargo, Panamá ha alcanzado reconocimiento internacional gracias a figuras legendarias del béisbol, como Mariano Rivera, inmortalizado por sus hazañas con los Yankees de Nueva York; Rod Carew, cuyo nombre honra uno de los principales estadios del país; Carlos Lee, uno de los más destacados bateadores panameños de las Grandes Ligas; y muchos otros que, ya retirados, dedican tiempo y recursos a formar nuevas generaciones de peloteros e invertir en proyectos que benefician a sus comunidades.

Quizás la diferencia entre ambos deportes radique en que las estrellas del béisbol panameño son individuos cuyas carreras brillan por mérito propio, casi siempre fuera de nuestras fronteras, mientras que en el fútbol es la selección nacional la que encarna el sentimiento colectivo. Los jugadores pasan, se retiran o son reemplazados, pero la camiseta permanece y la llamada Marea Roja sigue despertando emociones que trascienden a quienes circunstancialmente la visten.

Ojalá esta nueva cita mundialista nos regale alegrías y motivos de orgullo. Pero también conviene recordar que, mientras celebramos goles, victorias o derrotas, la realidad continúa su marcha. Sería lamentable que, embelesados por el espectáculo, dejáramos de prestar atención a decisiones que afectan nuestro presente y nuestro futuro. Porque los goles que más cuestan son, muchas veces, los que nos anotan fuera de la cancha sin que siquiera advirtamos que el partido se está jugando.