Sydia Candanedo de Zúñiga nunca ha necesitado rótulos para hacerse oír. A sus cien años —nacida en 1926— sigue recitando con una sonrisa apenas ladeada:
El caimito
deja entre mis labios
el morado grito,
y allá en la quebrada
cuando cae su fruto,
rueda por sus aguas
como un aerolito.
Hojas de caimito,
flores de caimito,
leche de caimito, pero...,
¡que sabrosa
la pulpa y su dulce,
así son tus labios
sabor a caimito!
Esa es ella: campo, amor, picardía y precisión. El “morado grito” no escandaliza; despierta. Como su prosa.
Profesora de Español, doctora en Letras, poeta laureada y articulista de peso, Sydia escribe como quien enseña: con claridad y sin concesiones. Con una cantidad apreciable de obras.
Poesía, cuento, ensayo. Heredera del humor fino y proverbial de su padre, Abel Candanedo. En la familia, la ironía no hiere: ilumina.
Su vínculo con Carlos Iván fue indisoluble. Ambos nacieron en 1926; él, 40 días mayor, de Penonomé; ella, de David. Desde adolescentes se emparejaron. Juntos se superaron, viajaron a Suramérica, regresaron con doctorados y una complicidad intelectual que intimidaba en el mejor sentido. Han aportado mucho a la panameñidad. Él, abogado y profesor, falleció hace 18 años. Ella siguió adelante, sin dramatismos, administrando memoria y carácter.
En un país propenso al marasmo y a la coartada fácil, Sydia representa la ética sin pancarta. No grita contra la flojedad moral: la desautoriza viviendo de otro modo. Y cuando menos lo imaginas, zas, viene el rebencazo. Es matriarca de los Candanedo —y, si se permite la licencia, de la nación—. Demuestra que el mérito todavía es posible.
Y luego está la cocina, que es otra forma de filosofía. Prepara un té de yerba limón que reconcilia con la República y, si uno llega sin avisar, le echa agua a la sopa con naturalidad diplomática. “Siempre alcanza”, subraya.
Sydia es cotidianidad y reflexión profunda. Puede hablar del destino nacional y, acto seguido, preguntar si deseas probar el dulce de mango verde que ha preparado. Como el caimito, madura sin presumir. Y deja, en quien la escucha, un sabor que mezcla ternura, rigor y una saludable invitación a sonreír.
Docente universitario