Recientemente, el presidente Donald Trump convocó a líderes mundiales a una “Junta de Paz” (Board of Peace), a la que asistieron unos 40 dignatarios o sus representantes. La cita no fue casual: se organizó precisamente en el mes en que se cumplieron cuatro años del conflicto ruso-ucraniano.
El foro ha sido criticado por la notoria ausencia de líderes occidentales tradicionales y por las tensiones que genera con instancias multilaterales como el Consejo de Seguridad de la Organización de las Naciones Unidas, que ni siquiera fue invitado formalmente a participar. Crear una arquitectura paralela de paz, al margen del sistema multilateral existente, no deja de ser un gesto político con profundas implicaciones geoestratégicas.
El presidente estadounidense ha intentado erigirse en adalid de la paz, pero lo hace desde la lógica de la fuerza. Y la historia demuestra que, para su país, la guerra también ha sido un negocio. De América Latina solo participaron Argentina, Paraguay y El Salvador.
De la llamada Europa tradicional, la representación fue igualmente limitada: Albania, Armenia, Azerbaiyán, Bulgaria, Hungría y Kosovo. El caso de Israel resulta sintomático: su posición dentro de este nuevo esquema de “control” de la paz es ambigua, dada su propia implicación en conflictos abiertos.
“Junta por la Paz” es, en boca de Trump, un oxímoron. Pretender combatir la guerra desde la retórica de la confrontación es como apagar un incendio con un lanzallamas. Resulta revelador que, molesto por no haber recibido el Premio Nobel de la Paz, enviara en enero de 2026 una carta al primer ministro de Noruega, Jonas Gahr Støre, vinculando su frustración con su futura postura política. En ella afirmaba que ya no se sentía “obligado a pensar únicamente en la paz”, insinuando que podría priorizar intereses estratégicos de Estados Unidos, incluso aludiendo al control de Groenlandia.
Desde octubre de 2023 persiste el conflicto en la franja de Gaza. Y más allá de ese escenario, existen hoy más de 60 conflictos armados activos en el mundo, sin que se vislumbre un acuerdo definitivo en la mayoría de ellos. La violencia se ha normalizado como instrumento diplomático.
Aunque distante de nuestras fronteras, la escalada bélica que involucra a Estados Unidos, Irán e Israel no deja de inquietarnos, especialmente por la sensibilidad estratégica de nuestro paso interoceánico.
La paz no puede construirse desde la unilateralidad ni desde el cálculo de poder. Requiere legitimidad, coherencia moral y compromiso real con el derecho internacional.
La paz no es un espectáculo ni una marca personal.
La paz es el camino.