“Erradicar la corrupción no es fácil. Se sugiere, simplistamente, que hay que promulgar más leyes contra la corrupción. Pero, por ejemplo, el soborno, el robo, el prevaricato, el enriquecimiento ilícito, el tráfico de influencias, el peculado y el fraude siempre han estado prohibidos.
Hay que darse cuenta que hay tipos de Estado que fomentan la cultura de corrupción y otros que no. Los primeros, como el nuestro, se rige por una Constitución desarrollada para dirigir las actividades de las personas y, por lo tanto, la gente depende del buen o mal juicio de los funcionarios, es decir, de su poder discrecional. Pero también es posible gobernar un país con una Constitución que norme principios de conducta, donde el gobierno no interfiere en las actividades cotidianas y pacíficas de las personas.
La discrecionalidad del servidor público es la madre de la corrupción. Bajo un sistema de gobierno basado en una Constitución de principios de conducta, los gobiernos cuidan que las actividades privadas no perjudiquen a los demás y es al Órgano Judicial donde acuden las personas cuando consideran violados sus derechos.
No es el Poder Ejecutivo el que anticipadamente califica y concede o no permisos. La gente hace las cosas por derecho y está obligada a cumplir normas generales establecidas para proteger los derechos de los demás.
Como irremisiblemente todo lo que hacemos afecta a otros aunque sea en forma mínima, el criterio para establecer los límites de lo que tenemos que tolerar a otros se establece en forma general y basado en reciprocidad: tenemos que aguantarle a otros lo que queremos que nos aguanten. Esa reciprocidad es la que hace justas las disposiciones. Bajo tal sistema no dependemos de la decisión de nadie para hacer las cosas que queremos y, por lo tanto, hay muy poca oportunidad para la corrupción.
Es imposible eliminar todas las oportunidades de corrupción, pero cuando se vive bajo una Constitución de Principios se fomenta y se cultiva la cultura del buen comportamiento, se fomenta la responsabilidad individual y no la taimada viveza del burócrata de turno.
La discrecionalidad del servidor público es la madre de la corrupción...”.