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Agrega El Siglo en Google ↗️Escuchamos noticias que nos impactan y nos movilizan, haciéndonos sentir y pensar sobre la realidad de otra persona vinculada al concepto de salud mental, pero, con el transcurrir del tiempo, podemos caer en el silencio y la indiferencia del tema que una vez nos impactó.
La salud mental no puede ser una estación transitoria que se aborda por impacto y luego se oculta para protegerse de los estigmas y discriminaciones: «Una persona deprimida no es exitosa, por tanto, es una perdedora y no es sujeto de admiración».
Los estados emocionales y mentales son asuntos que deben ser abordados con naturalidad, e ir al psiquiatra o al psicólogo debe poderse compartir con normalidad, sin ocultarlo para protegernos de los estigmas, calificaciones y discriminaciones que existen y persisten en la sociedad. Frases como «Ella está mal» o «Está enfermita porque toma medicamentos antidepresivos» hacen ver algo negativo.
Estar triste, deprimido o ansioso, se oculta y disimula porque se sobrevalora el positivismo, que se ha convertido en una exigencia social y de productividad.
Existe la trampa de que las personas deben levantarse con la responsabilidad de ser ejemplo para otros e influenciarlos en su vida. Aquí hay una doble carga: la de ocultar la tristeza y tener la responsabilidad de estar siempre bien para poder ser ejemplo para otros. Recuerdo que una vez asistí a una boda y la novia me dijo que quería que su boda fuera ejemplo para otros y pensé que mejor primero viviera antes de ser ejemplo para nadie.
El falso optimismo nos aleja de nosotros y nuestros procesos personales, y buscar ayuda no es signo de debilidad, sino de fortaleza. Hablar de salud mental debería ser algo que se hiciera con naturalidad.