• jueves 09 de abril de 2026 - 12:00 AM

Honestidad y la verdad: una mirada humana

Al conocer a una persona y firmar un contrato laboral, la honestidad y la verdad se entrelazan en la vida cotidiana. En la convivencia y en las tareas diarias, no es raro terminar desilusionados de alguien o de una entidad laboral.

La conocida postura del filósofo griego Sócrates —su humildad intelectual— lo resume bien: “Solo sé que no sé nada”. Reconocer lo que ignoramos es el primer paso hacia la sabiduría, muy distinto de quienes creen saberlo todo.

También ocurre en lo personal. Le confías un secreto a un amigo o amiga, y promete: “No te preocupes, me lo llevo a la tumba”. Uno queda en paz, creyendo en su honestidad. Sin embargo, muchas veces los secretos no se respetan; basta darse la vuelta para que ya lo sepa todo el mundo.

El filósofo romano Lucio Anneo Séneca aconsejaba la privacidad absoluta: “Si quieres que tu secreto sea guardado, guárdalo tú mismo”. Para él, confiar secretos podía ser una debilidad; la fortaleza estaba en el silencio y la autogestión.

Aun así, existe el impulso de hablar. No siempre se comparte por maldad, sino por necesidad de desahogo. En la Iglesia, por ejemplo, la confesión permite expresarse con sinceridad. Como dice la Biblia: “Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar...” (1 Juan 1:9). El sacerdote escucha y guarda confidencialidad.

En el ámbito laboral, la honestidad toma otra forma. Aunque existan contratos claros, a veces se incluyen cláusulas ambiguas que pueden justificar despidos o sobrecarga de trabajo. La frase “la ley es ciega”, representada por la diosa Temis, implica imparcialidad: decisiones basadas en hechos, no en influencias.

En resumen, no se trata de ignorancia, sino de una ceguera voluntaria contra la corrupción. La sabiduría, unida a la razón, permite cuidar los secretos, expresarse cuando es necesario y defender los derechos sin temor.