«Todo está bien» es una frase que recoge esperanza, pero también puede convertirse en una trampa emocional que puede invalidar una emoción. Nos podemos sentir culpables y frustrados por no sentirnos del todo bien cuando todo el mundo lo espera; sin embargo, notamos una diferencia entre sentirnos molestos, frustrados, enojados, sin esperanza, cuando lo reconocemos como una realidad y tenemos la certeza de que tenemos las herramientas para cambiar nuestra emoción.
Vivimos en un mundo donde no existe cabida ante la tristeza ni el desánimo y la frustración son emociones que no pueden expresarse por ser consideradas una mala actitud ante la vida invalidando y convirtiendo una emoción pasajera que es lo más natural del mundo en una carga emocional que puede producir hacerse crónica y permanente.
Existe la creencia de que todo sentimiento o emoción que no sea la alegría hay que minimizarlo. El peligro existe en el hecho de que aquello que negamos o tapamos se puede hacer más robusto y permanente y lo que puede ser una emoción pasajera se convierte en permanente si se niega.
El optimismo saludable reconoce la emoción para no alejarse por mucho tiempo de nosotros y enfermarnos. No maquilla el dolor ni nace de la felicidad perpetua. Todo lo contrario, reconoce y valida nuestro malestar, pero mantiene la esperanza de que en un futuro nos sentiremos mejor y superaremos nuestra adversidad con las herramientas que tenemos y que nos ayudarán a salir adelante.
La resiliencia no se construye negando el dolor, sino aceptándolo para superarlo al entenderlo e integrarlo en nosotros. El falso optimismo invalida el sufrimiento, y esa actitud es deshumanizante y egoísta.No es pecado mostrar nuestra vulnerabilidad.