- lunes 06 de abril de 2026 - 12:00 AM
Entre papeles y paciencia, hablemos de la odisea de ser docente universitario en Panamá
En Panamá hay algo que ya se volvió paisaje en el mundo universitario: la burocracia; esa misma que te pide un papel, luego otro, después otra cosa y pagar y pagar, y al final, cuando crees que ya terminaste, te dicen que falta un requisito más. Y así, entre ellos, firmas y meses de espera, se va desgastando no solo el tiempo, sino también las ganas de muchos profesionales que quieren aportar a la educación superior.
Hablar de evaluaciones de títulos, ejecutorias y bancos de datos docentes es meterse en un terreno que muchos conocen, pero pocos se atreven a cuestionar públicamente. Porque sí, el sistema existe para garantizar calidad, pero la pregunta incómoda es: ¿realmente está cumpliendo ese objetivo o es una traba más?
Hoy, para aspirar a ser docente universitario, no basta con tener vocación o conocimiento. Hay que pasar por un vía crucis de requisitos que, en teoría, buscan asegurar que los mejores lleguen al aula. Maestrías, diplomados, experiencia docente, publicaciones, seminarios, congresos... una lista sin fin. Y cumpliendo todo eso, nada te garantiza entrar. Entonces surge la duda que muchos comentan en voz baja: ¿todos los que ya están dentro del sistema cumplieron con esas exigencias?
Ese es el punto que incomoda. Porque si el sistema fuera completamente transparente, esa pregunta no tendría peso. Pero la realidad es otra. No siempre queda claro quién supervisa los bancos de datos, cómo se selecciona a los docentes o bajo qué criterios se toman ciertas decisiones. Y ahí es donde la meritocracia empieza a tambalear.
Mientras tanto, afuera hay profesionales preparados, con estudios, con experiencia en el campo laboral, con ganas de enseñar... que simplemente se cansan. Se desmotivan. Se rinden. Porque no es solo cumplir requisitos, es aguantar tiempos largos, procesos poco claros y una sensación constante de estar tocando una puerta que nadie termina de abrir.
Y lo más preocupante no es solo la frustración individual; es lo que pierde el país. Porque cada profesional que se queda en el camino es una oportunidad menos para mejorar la calidad educativa; es talento que no llega al aula; es conocimiento que no se transmite.