En ocasiones, suelo molestarme con mi hija porque, cuando le mando a preguntar algo a alguien, me responde: “No, papá, hazlo vos, que a ti sí te atiende”. ¿Será una excusa para salir rápido de la interrogante o simple timidez? “Hija, ¿eres así cuando expones algún trabajo en tu escuela?”. “No”, contestó, “aunque depende de quién esté delante”. ¿Es común? ¿Es real? ¿Se me olvidó que a mí me sucedía lo mismo décadas atrás? ¿Será una herencia de la timidez? Lo cierto es que la timidez siempre está relacionada con el contacto social.
Por eso existen muchas y variadas situaciones en las que una persona tímida puede sufrir: hacer una pregunta en público, efectuar una reclamación en un restaurante, reclamar una nota o iniciar una relación de pareja. Incluso puede convertirse en una patología que impide al individuo relacionarse con normalidad.
Ser tímido, aclaremos, no es lo mismo que ser introvertido. La persona introvertida es reservada y vive predominantemente hacia dentro de sí misma. Prefiere expresarse con parquedad, pero puede, perfectamente, no ser tímida. En cambio, el tímido suele ser una persona muy emotiva que teme actuar mal y, por ello, evita el contacto con los demás. No confía plenamente en sí mismo ni en quienes lo rodean.
Algunas personas, para enmascarar ese comportamiento, recurren a conductas compensatorias como la agresividad, el despotismo, la frivolidad o el intento de llamar la atención mediante el chiste fácil o un falso liderazgo. Sin embargo, al revisar la historia encontramos que muchos tímidos han alcanzado el éxito. Artistas, filósofos, científicos e investigadores como Woody Allen, Montesquieu, Rousseau, Stendhal y Proust son ejemplos de ello.