Por: Heriberto Bernal V.
Para miles de residentes en Arraiján y La Chorrera, la jornada no empieza en la oficina ni en la fábrica, sino a las cuatro de la mañana a bordo de un vehículo. En promedio, un conductor de Panamá Oeste pasa entre 3 y 5 horas diarias atrapado en el tranque para ir y volver de la capital; una condena de más de 80 horas al mes con el motor encendido a marcha lenta. En esa rutina donde avanzar unos pocos kilómetros toma horas, el automóvil deja de ser un medio de transporte eficiente para convertirse en una trampa de consumo constante.
Con el nuevo incremento decretado este viernes 18 de septiembre —que se extenderá hasta las 5:59 a. m. del viernes 2 de octubre—, esa factura de tiempo se transforma en un golpe directo al bolsillo. Con un alza de más de 10 centésimos por litro en la gasolina de 95 octanos y un disparo de 13 centésimos por litro en el diésel en la provincia, la combinación entre el kilometraje forzado y el estancamiento vehicular castiga con mayor dureza a la población del West. Este incremento no representa una cifra menor en la bomba: equivale a quemar dinero parado en el Puente de las Américas o la vía Centenario, encareciendo no solo la movilidad particular, sino amenazando con subir el pasaje del transporte público y los fletes de la comida en toda la región.
Para el usuario que no tiene auto y depende del transporte público, la historia tampoco es alentadora. A pesar de los subsidios otorgados en su momento al sector transporte para amortiguar el impacto del combustible, el incremento constante termina empujando las tarifas hacia arriba. En los buses de 30 pasajeros, el pasaje está escalando de B/. 1.50 a B/. 2.00 por trayecto. Para el trabajador común, la matemática es inclemente: se convierte en B/. 4.00 diarios solo en pasaje, lo que representa B/. 20.00 a la semana en una jornada de cinco días, o hasta B/. 25.00 para quien labora los sábados. Es un tijeretazo de más de $80 al mes que sale directo del dinero de la comida, la luz o las medicinas.
Lo más amargo de esta realidad es que el disparador del problema está a miles de kilómetros de distancia. Las guerras en Medio Oriente y la amenaza constante sobre el estrecho de Ormuz —el cuello de botella por donde circula una gran parte del petróleo del planeta— encarecen el precio del barril a nivel internacional. Pero la factura no la pagan las potencias: la termina pagando la gente inocente. El panameño de a pie en Nuevo Chorrillo de Arraiján o en El Coco de La Chorrera nada tiene que ver con un conflicto al otro lado del mundo, pero sufre a diario el golpe financiero en la bomba de gasolina y en la parada del bus. Una crisis ajena que termina asfixiando el presupuesto y la vida en Panamá Oeste.