- martes 05 de febrero de 2013 - 12:00 AM
El trabajo
Para algunas corrientes místicas, el Señor hizo el Mundo en seis días, pero no lo terminó. El sexto día, el Todopoderoso hizo a sus cocreadores, o sea, a los seres humanos –‘hombre y mujer los creó’- y los hizo ‘a su imagen y semejanza’ para que continuaran con el proceso creativo. Bajo esta interpretación, el que el hombre tuviera que trabajar –‘ganarás el pan con el sudor de tu frente’- no era un castigo, sino la invitación a elevarse espiritualmente mediante la cocreación. De esta forma, es el ser humano quien pone nombre a los animales -lo que implica un dominio sobre estos- y adquiere el deber de ‘mejorar el mundo’ (tikún olam en hebreo); también vemos cómo ya la segunda generación aprende a reproducir la vida –Abel era pastor y Caín agricultor- y no mucho más adelante ya conocemos de ciudades y otras manifestaciones de construcción social. El trabajo es pues, para estas escuelas de pensamiento, una forma de rendir culto a Dios a través de la emulación. El trabajo intenso, perfeccionista, que satisface a quien lo realiza y a quien está destinado el producto o servicio, no es, pues, una carga o una degradación, sino una forma de continuar el proceso de la creación y de asemejarse al Creador.
Esta concepción del trabajo como una vía de elevación espiritual y de rendir culto al Creador permeó en la cultura nórdica y centroeuropea –particularmente luego de La Reforma- y puede explicar mucho cómo estos pueblos se levantan una y otra vez de las vicisitudes. La América Latina es heredera de una tradición que ve al trabajo como una degradación que solo deben realizar aquellos que no tienen más remedio que hacerlo –tal vez por la herencia cultural de las encomiendas y de la esclavitud– pero nos lleva, particularmente en el caso de Panamá, a no sentir aprecio por el trabajo manual, sobre todo, y a no ‘entregarnos’ a la satisfacción del cliente. Esta actitud cercana a la displicencia es notada por los usuarios y clientes y es una gran barrera entre nosotros y el desarrollo integral del país. La impuntualidad, la falta de urbanidad y el juegavivo son todas formas de decirle al otro ‘no me importa contigo’; esto es grave porque impide la generación de confianza y solo las sociedades de confianza pueden construir instituciones funcionales y flexibles para insertarse en el Primer Mundo. Si decidimos emular a los que ven en el trabajo una bendición y en el servicio a los demás una oportunidad de elevación espiritual, podremos ser una nación realmente próspera y feliz.
*PRESIDENTE DEL PARTIDO POPULAR