Se dice del silencio que puede provocar un profundo movimiento interno. Unas veces produce una sensación de tranquilidad, pero otras no. Acallar la mente no es fácil. La disciplina del silencio se recomienda por los místicos, porque nos revela verdades internas al permitirnos contactar con nuestro ser interior y nuestra concepción de un poder superior.
El silencio tiene dos caras: puede evitar conflictos o generarlos. Posee matices opuestos, desde representar la sabia prudencia que conduce a soluciones de paz, hasta aquel silencio terrible que nace con la intención deliberada de dañar. Este último es el resultado de una conducta cruel y sádica que atraviesa a su víctima con la daga de la indiferencia y la anulación, produciendo un dolor devastador que los conocedores denominan “agresión pasiva”.
Existe también el silencio indiferente, que surge de la apatía. Es el de la indiferencia ciega, muda y tuerta que, por comodidad conveniente, ve aquello que le favorece. Surge de la doble moral y de la ceguera que produce el privilegio. Este silencio selectivo denuncia con ferocidad al oponente, pero justifica al aliado ante el mismo hecho.
Y está el silencio ciego, que se escuda en no querer deprimirse ni contaminar su “buena vibra” para ocultar la fealdad del mundo tras la gran tela de la negación, y así no dañar la imagen.
Estos silencios traen consecuencias para todos, pues, nos guste o no, estamos conectados. Lo que hoy no me afecta, mañana lo hará, y entonces requeriré la ayuda solidaria de un hermano. Por ello, debemos pedir a Dios que nos brinde la sabiduría necesaria para discernir un silencio del otro y saber cuándo callar para sanar y cuándo hablar para actuar.