• lunes 16 de febrero de 2026 - 12:00 AM

El deterioro urbanístico

Cada vez son más las voces que se alzan para denunciar el avasallamiento urbanístico que se está imponiendo en la ciudad de Panamá, particularmente en barrios que durante décadas han representado una calidad de vida reconocida incluso por publicaciones internacionales de prestigio, como Forbes. Uno de ellos es El Cangrejo.

El corregimiento de Bella Vista se ha convertido en víctima de una densificación innecesaria, levantada sobre una infraestructura que data de 1947 y que amenaza con colapsar en cualquier momento. El Cangrejo —un barrio donde todavía se puede caminar para hacer compras, adquirir medicinas o simplemente convivir con el entorno urbano— está perdiendo el equilibrio que lo hizo atractivo y habitable. Allí, donde los pericos se reúnen al atardecer para llenar de trinos los árboles que aún sobreviven, se pretende sustituir la calidad de vida por el cemento sin límites.

El parque Andrés Bello, que debería ser un pulmón comunitario con canchas, clases de zumba, máquinas de ejercicios y espacios para niños y mascotas, se encuentra hoy descuidado e inseguro, reflejando la falta de voluntad municipal para preservar los pocos espacios públicos que aún sostienen la vida barrial.

Mientras tanto, en la calle Arturo D. Motta avanza la construcción de dos torres de 15 pisos cada una, con nueve apartamentos por nivel, que añadirán 256 nuevas unidades residenciales y 500 estacionamientos. Todo ello en una vía secundaria de apenas 15 metros de ancho, ya convertida en un cuello de botella que conecta con la Vía Transístmica, la Vía Argentina y la Vía España, entre otras arterias principales de la ciudad.

Lo más alarmante es que un proyecto de tal magnitud haya sido aprobado bajo un Estudio de Impacto Ambiental categoría I, clasificación que resulta difícil de justificar frente a la realidad de la obra. A esto se suma la ausencia de una consulta ciudadana efectiva y la comprobación de que el 73% de las encuestas utilizadas para respaldar su viabilidad estaban viciadas.

Los residentes de El Cangrejo hemos acudido al Ministro de Ambiente y al Concejo Municipal con la esperanza de que prevalezca el criterio técnico y el respeto por la legalidad. No pedimos privilegios; exigimos que se cumplan las normas que deben proteger a las comunidades frente a decisiones que hipotecan su futuro.

Porque lo que hoy ocurre en El Cangrejo no es un hecho aislado: es el reflejo de una ciudad que corre el riesgo de perder su escala humana en nombre de un crecimiento sin planificación. Y cuando eso sucede, lo que se destruye no es solo un barrio, sino la memoria urbana y la calidad de vida que tomó décadas construir.