- domingo 15 de marzo de 2026 - 12:00 AM
El niño, como todos los días, mira por la ventana a los otros jugar. Cuando el sol derrama sus tibios rayos y las sombras pintan sobre la tierra siluetas tenues y difusas.
A veces, el viento toca la ventana y lo invita a salir. Pero él no lo escucha. Se entretiene mirando a los niños bajo el viejo árbol de caoba, en el columpio, corriendo tras la pelota de colores que rueda embadurnada de lodo.
El niño percibe un sonido afuera. Un maullido aplastado lo hace desviar la vista hacia los arbustos que bordean el jardín. Parece llamarlo, pedir ayuda. Temeroso, camina hasta la puerta y alza la mano a la perilla. Traga en seco. Suspira. Otra vez el maullido, cada vez más cerca.
A veces, la madre, inquieta y angustiada, insiste en preguntar a su hijo, triste y callado, si quiere salir. Siempre recibe la misma respuesta. Un movimiento rápido de cabeza en negación y desvía la mirada hacia la plazoleta repleta de niños.
El niño retrocede dos pasos. Se aleja de la puerta. Se asoma a la ventana. Entonces lo ve. Una pequeña bola de pelos, sucia y flaca, jadea sedienta. Sus grandes ojos, color ámbar, se clavan en los suyos como pidiendo compasión.
El niño ahoga en su garganta un chillido de asombro. Corre hasta la cocina. Toma una vasija y la llena de agua. Retorna de puntillas con cuidado de no salpicar el piso. Coloca la vasija en el suelo. Abre la puerta con una sonrisa que se desdibuja del rostro al descubrir que unos niños desvían sus pasos de la vereda y se encaminan hasta el pequeño gato.
—¿Es tuyo? —pregunta con entusiasmo uno de ellos.
El niño se mantiene paralizado. Algo detiene las terribles ganas de cerrar la puerta y ocultarse de nuevo. Unas ganas más fuertes de ayudar al pequeño animal desamparado.
—¡Tiene sed! —dice el otro. —¿Esa agua es para él?
El niño mueve la cabeza de arriba abajo y avanza hasta el gato que parece sonreír.
El niño desciende lento, coloca la vasija junto al gato, que mira el agua tentadora. Antes de beber, se restriega contra los pies de su salvador, ronroneando. Los niños ríen a carcajadas y, como la risa se contagia, el niño también sonríe.
A veces, esos niños han pensado en invitarlo a jugar cuando lo ven asomado a la ventana. El niño se escurre tras las cortinas, espera un momento antes de volverse a asomar.
El niño, con un nuevo brillo en los ojos, fue donde sus papás con gran emoción. Contó a velocidad de rayo que afuera aguardaba un gatito que había salvado, que quería dejarlo entrar, que unos niños se habían acercado y lo habían invitado a patear la pelota. La madre busca los ojos del padre, como quien encuentra un milagro. El hombre murmura algo y luego baja los hombros.
—Está bien, puede quedarse. ¡Pero no lo quiero en la cama! —sentenció el padre.
Días después, el gato sonreía, igual que el niño. Un día, el gato estaba sobre la barriga del padre, que reposaba recostado en su recámara.
El niño, que había aprendido a sonreír, se quedó mirando la escena con los brazos en cruz, sobre el pecho.
—¡No está en la cama! —advirtió el papá, con una sonrisa cómplice y mirada clavada en aquellos ojos ámbar.