• jueves 12 de marzo de 2026 - 12:00 AM

Desagravio al sacerdote

La democracia es un ejercicio de arquitectura; no una demolición tipo monumento panameño-chino. Cuando la palabra abandona la altura del estadista para descender al lodo del vituperio, se astilla la dignidad de la investidura. La ira presidencial contra un ciudadano de fe —párroco chorrerano— no es muestra de carácter, sino la admisión de la orfandad de argumentos. –Me confieso, padre-. El insulto es el escombro del derrumbe de las ideas. A confesión de parte, relevo de pruebas. En el confesionario de la parroquia están desparramadas las pruebas.

Nuestra Constitución. Los artículos 35 y 37 son las vigas maestras que sostienen el techo de la civilidad: el derecho a creer y el derecho a decir. El hábito religioso no es mordaza ni suspende la ciudadanía ni las garantías constitucionales; es un espejuelo que enfoca las llagas sociales que el poder, en su aislamiento, prefiere no mirar. Un Jefe de Estado no está para “vestir muñecas” en el escaparate del ego; está para ser el referente ético de una nación que aprende por imitación.

Para Lacan, el insulto es el “pasaje al acto”: la renuncia al lenguaje para abrazar la agresión. Es la pereza del amo que, incapaz de simbolizar la diferencia, busca anular al otro para salvaguardar su propio “goce” de mando. Ojo. En un invierno de desaprobación pública, donde la gestión actual compite en los índices de impopularidad continental con Delcy, la ira no es la escalera al éxito. Vilipendiar a un “hombre de Dios” no ayuda a remontar las encuestas ni acerca al mandatario a la aceptación de figuras como Bukele o Claudia; al contrario, lo hunde en el sótano del autoritarismo.

Panamá no necesita un monólogo de rencores, sino el retorno urgente a la senda de la civilización. Es hora de que el poder baje de su trono de vidrio, use la Constitución como brújula y comprenda que la estatura no se mide por cuánto se grita, sino por cuánto se es capaz de escuchar sin perder la compostura.