La fuga de talento en Panamá no es casual, desde la Comunicación Corporativa, este fenómeno evidencia una desconexión persistente entre lo que se proyecta como desarrollo y las condiciones reales que enfrentan quienes buscan integrarse al mercado laboral. No se trata únicamente de ingresos, sino de la ausencia de espacios donde el mérito y la preparación definan el acceso y la permanencia.
Organismos como la OIT han advertido que en América Latina persisten obstáculos en la inserción laboral de jóvenes con formación superior, y Panamá refleja esa realidad, egresados con capacidades técnicas y académicas encuentran dificultades para acceder a posiciones acordes con su perfil, la sobrecalificación y ciertas prácticas de contratación limitan el aprovechamiento del capital humano.
A ello se suma una realidad menos visible, jóvenes en condición migrante, educados íntegramente en el país, enfrentan al graduarse requisitos adicionales para poder ejercer. Su incorporación al mercado laboral no depende únicamente de su preparación, sino de procesos administrativos que pueden restringir su acceso.
Se forma talento bajo los mismos estándares, pero no todos tienen las mismas posibilidades de ejercer, esa diferencia no siempre es visible, pero sí tiene efectos concretos en quién logra incorporarse y quién queda fuera.
Cuando la preparación no basta, el mensaje es claro, aunque no se diga abiertamente. Y ahí es donde el discurso sobre desarrollo e inclusión empieza a perder fuerza frente a la experiencia real.