- martes 07 de febrero de 2012 - 12:00 AM
La Asamblea Nacional vista desde afuera
Encuentra más de nuestra cobertura en los resultados de búsqueda.
Agrega El Siglo en Google ↗️La Constitución le encarga a la Asamblea Nacional la función de producir las leyes que regirán el destino nacional. Por la magnitud del cometido a cumplir, integrar ese cuerpo legislativo como representante y vocero de la comunidad constituye todo un honor. A diario vemos filas de ciudadanos urgidos de ‘hablar’ con el ‘honorable’, queriendo dar la impresión de que trabajan responsablemente en beneficio del país. Sin embargo, la realidad es otra, hace solo unos días, el hemiciclo fue el escenario de una trifulca callejera protagonizada por los ‘honorables’, incidente que llegó en cadena nacional a los ojos de la comunidad, enterrando la poca dignidad de la que podía hacer gala nuestro flamante cuerpo legislativo.
Da pena reconocerlo, pero con ese medio es imposible producir consensos, ni cuentan con la suficiente capacidad intelectual ni ética para construirlos. Dentro de la Asamblea, el arte de convencer dialécticamente fue reemplazado con éxito por ‘otros medios persuasivos’ más eficaces, por la tranquilidad y conveniencias que les ofrecen. De seguro que cualquier iniciativa reformatoria de la Constitución que se ensaye, gozará de el respaldo de la ciudadanía, si presenta como tema central la urgente modificación de ese órgano del Estado.
La Asamblea marcha a la zaga de las necesidades nacionales, su distanciamiento de las comunidades a las que ‘formalmente’ representa, cada día es más evidente, subsistiendo un frágil vínculo de dependencia, que se satisface con ‘bolsas de comida’ y con fondos de ‘sus partidas’. Los ‘honorables’ perdieron legitimidad, y parecen ser los últimos en enterarse. Poco queda de su investidura que merezca ser ponderado, salvo el privilegio de ocupar instalaciones inexpugnables y el derecho al manejo de fondos públicos.
Como tenemos que aguantárnoslos hasta el 2014, no les interesa rectificar entuertos sin que falten los ilusos que desde ya ‘calientan motores’ pensando en su reelección. Irónicamente, mientras los ‘honorables’ se insultaban y se halaban de las greñas, y minorías arengaban desde las gradas, la comunidad acudía en masa a la Basílica de Don Bosco a renovar, gozosa, su confianza con el Santo, probado servidor al servicio de las mayorías. De seguro que cada vez que se presente un tema álgido para el Gobierno, esa será su respuesta orgánica. Este no será el último escándalo que desde el hemiciclo nos protagonizarán los ‘honorables’, razón que amerita que los metamos en el congelador de la indiferencia ciudadana, pues si no han aprendido a tener respeto por los electores, que sientan que no nos hace gracia que en público se jacten de que nos representan.
EL AUTOR ES ABOGADO