• lunes 13 de abril de 2026 - 12:00 AM

A merced de la inteligencia artificial

Desde hace algunos años —y con mayor intensidad en los últimos— la inteligencia artificial, junto con los buscadores como Google Search y plataformas como Wikipedia, ha ido ocupando un lugar cada vez más dominante en nuestras vidas, al punto de hacernos cuestionar si nos estamos volviendo más torpes, más inseguros o, simplemente, más perezosos.

La IA, como se le conoce por sus siglas, está presente en casi todo lo que hacemos: de manera deliberada o inadvertida, a través de los algoritmos que rigen los dispositivos electrónicos de los que dependemos para trabajar, informarnos e incluso entretenernos. Basta con pensar en algo —o mencionarlo al pasar— para que, casi de inmediato, nos persigan referencias en cualquier red que utilicemos. Y, sin embargo, la IA no es nueva. Desde la Dartmouth Conference en 1956, se sentaron las bases de un desarrollo que tuvo sus primeras aplicaciones en las décadas de 1960 y 1970. En los años 80, su uso se extendió al ámbito empresarial, particularmente en la medicina y las finanzas. Luego vinieron años de avances y retrocesos, hasta que un hito simbólico —la victoria de una computadora de IBM sobre el campeón mundial Garry Kasparov en 1997— marcó un punto de inflexión.

A partir de entonces, el manejo de grandes volúmenes de datos, el aumento exponencial del poder computacional y los avances en el aprendizaje profundo han impulsado aplicaciones que hoy damos por sentadas: reconocimiento facial, traducción automática, vehículos autónomos.

Hoy, herramientas como ChatGPT se han integrado a nuestra cotidianidad con una rapidez sorprendente. Pero esa misma facilidad encierra un riesgo: el de delegar no sólo tareas, sino también el juicio; no solo la búsqueda, sino el pensamiento.

La inteligencia artificial, sin duda, transformará el mercado laboral y desplazará múltiples empleos. Los jóvenes enfrentan una disyuntiva compleja: formarse durante años para un mundo profesional que cambia más rápido que los propios programas académicos.

De ahí la urgencia de una reflexión más profunda: no sobre si debemos usar la IA —porque eso es ya inevitable—, sino sobre cómo usarla sin que nos sustituya. Porque si dejamos de pensar por nosotros mismos, no será la máquina la que nos vuelva irrelevantes, sino nuestra propia renuncia al criterio. La inteligencia artificial no nos sustituirá por su superioridad, sino por nuestra creciente indiferencia hacia el esfuerzo de pensar.