Rogelio Castillo, el abogado de las tarimas
- jueves 02 de enero de 2020 - 12:00 AM
Desde pequeño, Rogelio Castillo, en su natal Bajo Grande de Santa Rita de La Chorrera, soñaba con ser animador de espectáculos típicos.
Este sueño iba creciendo cuando escuchaba en la radio a grandes figuras como Ángel Santos Rodríguez, Jorge Iván Hernández y Rubén Darío Campos.
Las primeras prácticas fueron casi un juego de niños. Junto con su primo, Felipe Castillo, formaron un grupo musical. El instrumento principal era una armónica. Rogelio, con diez años de edad, era el animador.
Años después, relata que en el año 1974 hubo una fiesta en la escuela de Bajo Grande y él fue el locutor de la agrupación que amenizó la velada.
Aquel músico era Bolívar Cruz, y los contrataban para tocar bailes en Chame, San Carlos.
De la mano de Cruz, llegó al Cosita Buena, a animar un sarao. Allí Rubén Darío lo invitó a la tarima y a partir de allí se quedó trabajando todos los domingos.
‘No se me pagaba un salario como tal, se me daba algo para los gastos. En 1983 comencé a trabajar con la empresa. Animando tardes de cantaderas y los bailes', comparte.
Por la tarima principal del jardín Cosita Buena desfilaban los mejores acordeonistas. Uno de ellos era Alfredo Escudero, con quien Rogelio se fue a trabajar en el año 1985.
Con Alfredo Escudero hizo dos épocas laborales: 1985 -1995 y 2000 - 2007, cuando renunció para matricularse en la carrera de Derecho en una universidad privada.
Pero Rogelio estaba lejos de abandonar el ambiente típico. Se fue a la radio, donde hacía programas en una A.M. y grababa comerciales en una FM. y era el presentador del grupo de Ulpiano Vergara para los bailes en la ciudad capital.
‘Amo este trabajo, que me dio la oportunidad de conocer el país y me ayudó a conformar una familia, tengo seis hijos, cinco mujeres y un varón y me ayudó a educarlos, todos son profesionales', señala el abogado que está cerca de terminar una maestría en su especialidad. ‘Tengo dos por terminar', sostiene.
Con la agrupación de Alfredo Escudero le tocó recorrer todo el país, desde Changuinola hasta Darién, y cuando las carreteras estaban en mal estado y se pasaba páramo para llegar a los pueblos.
‘Al llegar al evento se me olvidaba el mal camino. La gente se entregaba a la fiesta y esto me motivaba a conocer la idiosincrasia del lugar, me aprendía los nombres de los pueblos, preguntaba sobre la convivencia y anotaba para tener una referencia más amplia. Tengo información para hacer un libro', subraya.
En cuanto al tema más representativo del típico, Rogelio no duda en responder que es el Mogollón. ‘Todos los artistas lo tocan para cerrar los bailes. Es un tema parte del patrimonio musical. Dicen que hace mucho tiempo se tocaba más temprano, pero se formaban las peleas y se terminaba el baile, entonces lo dejaron para el final, para evitar estas peleas', relata.
Momento adecuado
Rogelio quería ser abogado, pero estaba seguro de que si no renunciaba al grupo de Alfredo Escudero no hubiese podido graduarse.
‘Con el Mechi Blanco (Ulpiano Vergara) trabajé siete años y cuando le presenté mi renuncia para dedicarme a la abogacía no aceptaba', expone. Finalmente aceptó y se fue a laborar como asesor en varias entidades y de juez ejecutor. Renunció a estos cargos y se fue como abogado independiente.
Trabajando en el ramo penal, uno de los más fuertes, hace la salvedad, no lo ha distanciado del típico: le anima las presentaciones de los súpers selectos de Lucho de Sedas cuando las audiencias y los juicios se lo permiten.
Así termina la entrevista con Rogelio, que aprendió a leer y escribir con sus hermanas en casa antes de ingresar a primer grado, año lectivo que hizo en una semana y dos días porque lo pasaron para segundo grado. Se fue becado hasta sexto y su familia solo tuvo los recursos económicos para mandarlo al primer ciclo.