[Cuento] Una amistad inesperada

  • domingo 30 de agosto de 2026 - 12:00 AM

La familia Mapache estaba descansando en su pequeña casa. Había terminado la faena del día. Mamá y papá Mapache estaban tranquilos. Sus crías dormían. De pronto, escucharon un fuerte sonido afuera. Papá Mapache se asomó por la ventana de su guarida, ubicada en el hoyo de un árbol en la ribera de un río. Cuando se entera de que grandes llamaradas de fuego avanzan devorando todo a su paso. No hubo tiempo para recoger ninguna de sus pertenencias. Mamá y papá Mapache levantaron a sus hijos de sus camas y salieron corriendo de la casa, asustados y gritando, con miedo de que el fuego los alcanzara.

Llegaron a la orilla del río. Aunque el agua estaba alta y la corriente tempestuosa, por las lluvias que habían caído en los últimos días, era el único camino para poder escapar.

—¿Tenemos que atravesar el río? —preguntó el más pequeño de los niños.

Era bien sabido por todos que él le tenía mucho miedo al río. Siempre evitaba tener que atravesarlo, y de ser necesario, lo hacía saltando por las piedras o por arriba de los árboles. Pero ahora no había ni piedras ni árboles que lo pudieran auxiliar.

—No hay otra vía —dijo papá Mapache.

Por más que insistió, el pequeño Mapache se quedó ahí parado mirando la corriente hacer remolinos.

—No puedo —dijo el pequeño.

Los demás se quedaron mirando la corriente del río.

—En verdad está muy peligroso —admitió mamá Mapache.

—Pero no hay otra manera —agregó papá Mapache.

—Sí que la hay —dijo una ronca voz que emergía de alguna parte de la oscuridad.

Los pequeños lanzaron un chillido al reconocer que se trataba del señor Cocodrilo, al que muchos le tenían miedo por su fama de rufián.

—Yo los puedo ayudar a cruzar. En mi amplio lomo hay mucho espacio —advirtió.

—No, no. No necesitamos tu ayuda —dijo papá Mapache, intentando controlar la situación. —Buscaremos una manera.

—¡Me gustaría verlo!

—Podemos hacer un bote con el tronco de un árbol y cruzar el río —dijo el niño.

—Podemos hacer un cordel con las lianas, lanzarla al otro lado y cruzar el río —dijo la niña.

—¡Todas imposibles! —aseveró el señor Cocodrilo chasqueando la lengua.

—¡Lo admito! Tienes razón. Sí, necesitamos tu ayuda. Pero entiende que tengo que velar por el bienestar de mi familia. ¿Por qué podríamos confiar en que no nos harás daño?

—¡Bueno, porque si hubiera querido hacerlos mi bocado nocturno, ya me los habría comido!

Más confiados con el ofrecimiento del señor Cocodrilo, la familia Mapache subió a su amplio y espacioso lomo. Siendo él un excelente nadador, atravesó el río cantando y silbando. Así mantuvo entretenida a su inesperada tripulación.

Ya del otro lado, la familia Mapache divisó, a lo lejos, a las llamas que terminaban de quemar los territorios donde antes estuvo su hogar.

—¡Hasta aquí puedo ayudarlos! Espero que pronto puedan encontrar un buen lugar para vivir.

La familia Mapache se baja apresurada y da varios pasos para alejarse de la orilla del río. El señor cocodrilo los observa alejarse. Se detienen absortos, voltean hacia atrás y retornan nerviosos.

—Disculpe... No tenemos manera de agradecerte, señor Cocodrilo —dice papá Mapache, apenado.

—Me conformo con esta amistad inesperada —responde el señor Cocodrilo, moviendo su cabeza, señalando que sigan adelante.