- domingo 08 de marzo de 2026 - 12:00 AM
Cuando el mundo todavía estaba joven, vivió entre los gatillos desde el comienzo de los tiempos una bellísima mujer llamada Deidad, que durante muchos años se dedicó a enseñar a su pueblo todas las cosas.
Ella tomaba los bejucos y las hojas de las plantas con sus delicadas manos, e iba tejiendo los canastos, las esteras que utilizaba para avivar el fuego.
Miraba con paciencia cómo los hombres aprendían, y los corregía cuando se equivocaban, hasta que los tejidos quedaban bien hechos; tomaba la vereda, la mezclaba con agua y hacía vasijas, platos, ollas y muchas otras cosas. De ese modo, los alfareros conocieron su oficio.
Deidad, la bella hija de Cara Gaby, señor del cielo, no se cansaba de enseñar a su pueblo. Les mostró la manera como debían pintarse el cuerpo y escoger los colores que mejor combinaban, algunos como el rojo del achiote, el amarillo de la piña, el azabache de las aguas.
Y con el tallo de huito, le enseño a teñir los dientes. Incluso impuso el sabor de algunas plantas diversas, tales como el amargo del cacao puro y el agridulce del mamoncillo. También les enseñó a sembrar y a cosechar la yuca y el maíz.
Después de mucho esfuerzo lograron aprender todas las cosas, y la labor de la Deidad finalizó cuando Cara Gaby vio que su obra estaba completa.
Entonces la llamó para que se reuniera con él en el cielo. Así, que un día al amanecer la Deidad subió al cerro León, y desde lo alto se elevó lentamente para regresar al seno de su padre. A pesar de que era muy temprano y que la neblina se levantaba sobre las quebradas de los truenos, fue la diosa de las tempestades.